Una justa combinación de ilusionismo y humor conforman «Radioactivo», el espectáculo que el mago Emanuel llevó este verano al Teatro Lido del centro marplatense.
El show de este año, si bien tiene una estructura similar al del verano pasado llega con nuevas ilusiones, algunas impactantes a partir del empleo de sofisticados artefactos y efectos especiales al estilo de David Copperfield, y otros en los que la ilusión depende casi exclusivamente de la habilidad y la velocidad de manos del artista.
Pero fundamentalmente, el espectáculo exhibe a un Emanuel mucho más afianzado en su interacción con el público, y con una gran capacidad para llegar tanto a los chicos como a los grandes, lo que determina que «Radioactivo» sea una auténtica propuesta familiar.
Por otra parte, Emanuel muestra, aún más que la temporada pasada, su humor particular, por momentos inocente, en otros pícaro, que quita solemnidad y que aparece inesperadamente en los momentos culminantes.
«¿Algún voluntario?», pregunta de repente, cortando la tensión generada por una música y una iluminación más que adecuadas, un instante antes de introducirse en «La caja de la muerte», una cubo que, con él adentro (o quién sabe dónde), es atravesado por 18 pesadas estacas de acero.
Y ese ingrediente, el humor inesperado, pero nunca de mal gusto, diferencia al show de Emanuel de otros espectáculos de magia.
Incluso, si alguien encuentra parecidos en algunas ilusiones con las técnicas de Copperfield, esa impronta humorística con la que lo condimenta le recuerda al espectador que este ilusionista, por más espectacular que parezca, tiene su misma idiosincrasia; que no es francés ni estadounidense, sino argentino.
Esa complicidad que une al artista con el público marcan la diferencia entre un buen show de magia y un espectáculo que a la salida genera comentarios favorables, no sólo sobre la idoneidad del mago sino sobre su química con la platea.
Y esa interacción también se fortalece mediante una más activa participación de espectadores de todas las edades que son convocados permanentemente al escenario para colaborar con el artista, siempre desde el humor pero nunca para reírse de ellos, sino con ellos.
Una escenografía sencilla, de características futuristas, da marco a los intimidantes artefactos en los que el mago o sus «partenaires» se introducen para ser atravesados, seccionados y hasta retorcidos como ropa mojada, aunque obviamente nadie sale lastimado.
Pero gran parte de la rutina se da con el telón bajo, en el frente del escenario, donde Emanuel desarrolla, muy cerca del público, la mayor parte del show, que en lugar de «Radioactivo» bien podría haberse llamado «Interactivo».
(Télam)