Cuando los líderes de Estados Unidos resolvieron que había llegado el momento de despreciar a Saddam Hussein, se convirtió en el villano perfecto.
Fue astuto y sagaz, parecía peligroso y trastornado cuando efectuaba disparos al aire en actos públicos, un comportamiento inusual en un líder de estado.
Era una versión suavizada de Hitler, con un historial de atrocidades. Su bigote negro destacaba su aura de villano.
La fascinación que tuvieron durante un cuarto de siglo los estadounidenses con el líder iraquí, terminó el sábado, en la horca.
Su ejecución puso final a la historia de un hombre que se benefició de Estados Unidos, a quien desafió después y de quien huyó como un conejo para refugiarse en un zulo.
La captura de Saddam el 13 de diciembre de 2003 representó un inusual triunfo para Estados Unidos en su campaña en Irak. Su ejecución, en cambio, generó temores de que la violencia se intensifique aún más en el territorio iraquí.
Saddam fue vilipendiado por las autoridades estadounidenses probablemente más que cualquier otro dictador después de Adolf Hitler.
Y éste es un país con una larga tradición, casi que perenne, de personificar como villanos a sus enemigos: Manuel Noriega, Slobodan Milosevic, Moammar Gadhafi, Fidel Castro, y Osama bin Laden.
En sus memorias sobre los motivos que condujeron a la Primera Guerra del Golfo Pérsico, Colin Powell se opuso a la descripción de Saddam como la “encarnación del diablo” que habían efectuado el presidente George H.W. Bush, padre del actual mandatario George W. Bush, y sus consejeros.
“El presidente Bush ha demonizado a Saddam en público de la misma manera que lo hizo con Manuel Noriega”, expresó Powell, que fue jefe del estado mayor conjunto durante la Guerra del Golfo, y luego secretario de Estado en la guerra contra Irak que comenzó en el 2003.
Una década después, para el actual presidente Bush y sus allegados, incluyendo a Powell, los motivos de una guerra contra Irak eran las “armas de destrucción masiva” de Saddam, sus “relaciones con terroristas”, su “programa clandestino de armas nucleares” y su “mente malvada”.
Las autoridades estadounidenses nunca se sintieron cómodas con Saddam, pero lo trataron como un contrapeso útil a la teocracia hostil de Irán.
En la larga guerra entre Irán e Irak, el gobierno de Ronald Reagan ayudó a Saddam a obtener créditos internacionales. Además le ofreció secretamente apoyo de inteligencia y militar.
En 1991, Estados Unidos estaba en guerra con Irak y había formado una coalición de fuerzas para obligar a Saddam a salir de Kuwait, país que había invadido.
Desde entonces, se convirtió en el blanco de las denuncias de Estados Unidos, como patrocinador del terrorismo, un asesino de opositores a su régimen. (AP)