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Lunes 11 de Junio de 2007  
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Opiniones
Tiempos decisivos
Carmen Coiro / DyN.

Lo que ocurra dentro de dos semanas en las urnas porteñas cuando se realice el ballottage, no sólo definirá quién será el próximo jefe de Gobierno de Buenos Aires: también podría delinear, por fin, un espacio con límites un poco más nítidos sobre el papel que podrá o deberá asumir la oposición de aquí a octubre próximo. La contienda en la Capital llevó un poco de aire fresco al raído espectro político partidario argentino.

Hasta el momento en que triunfó el líder del PRO, Mauricio Macri, en la primera vuelta, el país parecía seguir durmiendo en un letargo de sumisión al único poder establecido, aun pese a las derrotas del kirchnerismo en algunas jurisdicciones del interior del país, entre las que la del misionero Carlos Rovira aparece como la más emblemática.

Pero el fracaso del gobernador misionero, y de su mano, del presidente Néstor Kirchner que lo respaldó en las elecciones para una constituyente en la que Rovira aspiraba a lograr la reelección eterna, no sirvió, como se pensó en su momento, para que la oposición despertara de su ominoso letargo.

Sólo algunos se desperezaron por un rato, para volver a dormir el sueño pesado de los fracasados.

Salvo el propio Macri, Elisa Carrió y Roberto Lavagna, ningún otro dirigente en un país de una historia política tan prolífica como errante acusó el resultado en aquella provincia para intentar aportar su granito de arena para replantear el sistema democrático.

Néstor Kirchner siguió cosechando aliados de todos los colores posibles y volvió a triunfar en una guerra en la que en cada batalla dejó lastres de sus enemigos, ninguno de los cuales mostró entusiasmo por tomar la posta y continuar la contienda.

Tan entregada está la oposición, que las pequeñas, pero significativas señales, como el triunfo de Macri, no alcanzan para sacudirla de una pereza interminable. Es básicamente por esa razón por la cual Kirchner tiene -porque se la ceden- la oportunidad de ser siempre él quien intente brillar en un escenario político sin rivales. Gana por abandono de los demás participantes.

La victoria de Macri fue un triunfo de un sector del electorado que no sólo no se rinde ante el unicato, sino que además cree que hay vida fuera del freezer en que entró la dirigencia política luego de la crisis de 2001.

En la Ciudad de Buenos Aires, como antes ocurrió en Posadas de la mano del sacerdote Joaquín Piña, se demostró que no está muerto quien pelea. Los que se dieron por muertos, tal vez lo hicieron por el agotamiento tras muchas derrotas, o por la conveniencia de negociar un lugarcito bajo el sol antes que emprender una pelea osada para demostrar honestidad frente a la necesidad de mantener el juego democrático de pesos y contrapesos.

Sin ese balance no existe la vida republicana ni la vida democrática, y la responsabilidad por la mala calidad institucional que sufre hoy el país no debe achacarse íntegramente al kirchnerismo: debe atribuirse en gran parte a esa oposición alejada de sus obligaciones republicanas.

Macri convenció a un electorado particular como el porteño de que él representa una esperanza de cambio. Su perfil, indudablemente, es diferente del de los dirigentes conocidos hasta el momento.

Más allá de sus convicciones políticas, que parecieron haberse suavizado en la campaña por la intendencia porteña, Macri se mostró como un dirigente de ciertos quilates, suficientes para por primera vez darle un disgusto al poder unívoco que viene tiñendo al país de un solo color.

El voto se otorgó a lo que fue interpretado como lo «nuevo», más allá del tinte ideológico del postulante.

Y el Presidente de la Nación no supo leer adecuadamente ese mensaje: exactamente lo leyó al revés, y optó, con un empecinamiento digno de mejor causa, por traer el pasado, lo viejo, a la discusión central, como si eso resultara atractivo para la gente.

Es extraño que ningún asesor presidencial haya hecho ver a Kirchner el error en el que cayó. O, ¿acaso las encuestas de opinión indican que la mayor preocupación hoy de los argentinos es si volver a los 90, o hacer un engañoso y supuesto retroceso a los 70? Kirchner, desde que asumió, se empecinó en reinventarse para convertirse en el supuesto representante de aquella generación de los 70 castigada por la dictadura por pertenecer al sector de centroizquierda que había sido aplastado bajo las suelas de las botas de los militares.

Ese discurso, sin embargo, fue creído por algunos. Por organizaciones como las Madres de Plaza de Mayo de Hebe Bonafini, y las Abuelas de Estela Carlotto, más uno que otro dirigente del peronismo de izquierda y de otras agrupaciones políticas de esa dirección. No parece que esa imagen haya cundido, en cambio, en la mayoría del electorado.

En la última compulsa nacional en la que el kirchnerismo logró un triunfo abrumador, no fue precisamente esa dicotomía la que tuvieron en cuenta los electores. Fue, probablemente, el peso del crecimiento económico y de la mejoría en algunos índices de la vida cotidiana, como el aumento de sueldos, la generación de nuevos negocios y empresas con su consiguiente derrame y devolución en crecimiento de puestos de trabajo, lo que básicamente puso la firma a esa victoria.

Hoy no se discute si los 70 o los 90, un argumento riesgoso para el Presidente, cuyas fotos respaldando y mimando a Carlos Menem y a Domingo Cavallo salieron de los archivos para poner en blanco sobre negro algunos datos históricos que Kirchner trató de borrar del imaginario colectivo.

Hoy lo que se discute es la necesidad de la gente de verificar que verdaderamente existe la posibilidad de un cambio político hacia el futuro, no una regresión al pasado.

También existe un debate central en el cual, como en el que señalamos más arriba, el poder político actual tiene pocas cartas de triunfo: la inflación, ese «monstruo grande que pisa fuerte» y que empieza a golpear con demasiada crudeza a los castigados ciudadanos argentinos, está en el centro de las preocupaciones de la gente.

En ese contexto, las poco felices declaraciones de la ministra de Economía, Felisa Miceli, advirtiendo que habrá que vivir con el fenómeno de aumento de precios por un buen tiempo, y minimizándolo, tal vez fue uno de los peores deslices en momentos en que se verifican movimientos profundos en el espectro político nacional.

Las expresiones de Miceli fueron tan políticamente inconvenientes como las palabras de un colaborador de Macri dando a entender que si triunfara, aumentaría los impuestos de la Ciudad.

Los días que están por venir y que separan a esta fecha del domingo 24 de este mes seguramente estarán cargados de signos y señales que la gente sabrá leer con su criterio y su intuición. El resultado de la segunda vuelta será una prueba muy clara sobre cuál es el verdadero ánimo de los ciudadanos, en este caso los porteños. Lo interesante serán las lecciones que puedan extraerse del resultado, sea a favor de Macri, como parecen indicar todos los pronósticos, o de Daniel Filmus, como se confía soñadores algunos ocupantes de despachos de la Casa Rosada n






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