A Juan Carlos Olave y a Julián Maidana, los «repatriaron» precisamente para situaciones como ésta: la de la tensión previa a un clásico, al que tanto Belgrano como Talleres llegan urgencias y dudas en igual porcentaje. Demasiado alto.
En encrucijadas como la que se presenta, afloran los líderes. Y los dos capitanes calzan ese ropaje sin que les quede grande.
El arquero es el símbolo de corazón celeste. Hincha, hijo pródigo, de sangre «Pirata».
El zaguero saltó de barrio, desde Alta Córdoba, para sentirse como en casa en barrio Jardín. Allí se potenció, ganó mucho y creció como jugador y como caudillo.
Los dos sienten que están en deuda con sus clubes y por eso, ambos pretenden dar un poco más allá del límite. Su producción dentro de la cancha puede resultar determinante y sin embargo, su rol adquiere también una alta preponderancia en la semana.
¿No fue Olave quien «avisó» que tenía cuatro amonestaciones antes del partido en Mar del Plata y eso lo ponía en riesgo para el clásico? Tal vez por su advertencia no lo sancionaron con la quinta amarilla, cuando los rumores daban cuenta de que Silvio Carrario (tan emparentado con Talleres), le buscaría la boca para sacarlo del choque del sábado.
¿No fue Maidana quien «instruyó» a Salvador Capitano de que Talleres no estaba en condiciones de jugar con línea de tres, como se aventuró el técnico en el debut frente a Platense, para un «papelón» de proporciones similares al del lunes contra Chacarita? Quizá por su observación, el ahora ex entrenador albiazul reacomodó un poco las piezas, y ya no expuso tanto ni al equipo ni al capitán. ¿Ocurrirá ahora algo similar con Rubén Darío Insúa?
El clásico ya empezó. En Córdoba todos lo tienen en la cabeza, flota por cada sector de la ciudad y los dos planteles ya lo juegan. Olave y Maidana más que nadie porque su trabajo será arduo, con tantos errores por enmendar, tanto ánimo por levantar, tanto espíritu por contagiar.