Córdoba
A 26 años de la guerra de las islas malvinas “Pese al coraje y la valentía para luchar, ellos sabían que los esperaba la muerte”
Así lo afirmó Roberto Sosa Amaya, director del buque hospital Almirante Irízar durante la guerra de Malvinas. El médico cordobés rescató la entereza de los jóvenes de 18 años que cumplían el servicio militar y que debieron enfrentarse a entrenados soldados. Además, subrayó el trabajo humanitario y de contención que realizó todo el equipo de profesionales a bordo de la nave.
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Yanina Soria ysoria@lmcordoba.com.ar
Sentado en el living de su casa y rodeado de fotos color sepia, que retratan parte de lo que fue aquel enfrentamiento en 1982, Roberto Sosa Amaya narró la experiencia que le dejó haber sido protagonista en la guerra de Malvinas. Con un rol fundamental -era el coordinador de un buque hospital por el que pasaron cientos de heridos- el hombre que hoy tiene 73 años señaló que, dadas las circunstancias, su actuación junto a la del resto de los médicos superó el aspecto estrictamente sanitario.
“Todos tuvimos que hacer de padres y brindar contención a esos chicos. Fue un trabajo humanitario, ya que en la guerra se vivieron momentos muy duros, de mucha angustia”, señaló.
Con la nostalgia de recordar los rostros de tristeza de los “soldaditos” en plena batalla, pero con el orgullo de haber presenciado en carne propia el coraje y la valentía con que éstos enfrentaron a los entrenados ingleses, el director sanitario del buque Irízar definió la batalla como “un enfrentamiento suicida, dada la disparidad de fuerzas”.
“Pese a la derrota, para mí fue una experiencia increíble. Quiero destacar el valor de los soldaditos que fueron a pelear en condiciones adversas y dispares. Los ingleses eran muy profesionales, bien entrenados y bien pagos. El más bajo medía 1,90 y tenían entre 25 y 30 años. En cambio los nuestros eran chicos de 18 años que estaban haciendo el servicio militar”, comentó Sosa Amaya. “Así y todo, fueron muy valientes. En general, yo vi mucho coraje y valentía para actuar pese a que la disparidad de fuerzas era tan enorme que ellos sabían que iban a encontrarse con la muerte”, siguió el hombre.
Con algo de angustia, el médico dijo que es en las situaciones extremas donde surgen actos heroicos. “Cuando el Belgrano se hundió, pese a las terribles circunstancias no cundió el pánico en la tripulación. De inmediato se procedió a auxiliar a los heridos y a ordenar el abandono de la nave”, señaló.
“Muchos valientes no dudaron en descender en auxilio de sus camaradas para nunca más regresar. Algunos compartimientos y camarotes quedaron bloqueados atrapando para siempre a sus ocupantes. Y otros tantos, que no fueron pocos, pese a sus heridas llegaron a cubierta cargando a otros peor malheridos”, continuó.
Un buque con misión humanitaria
El capitán de Fragata comentó que el rompehielos Almirante Irízar tuvo una misión humanitaria durante la guerra de Malvinas. Como buque hospital, la tarea de su tripulación fue socorrer, trasladar y asistir a heridos, enfermos y náufragos. Con el Bahía Paraíso -con capacidad para transportar a más de cien heridos- se completó la dupla de buques hospitales argentinos. Desde allí eran comunes las maniobras de despegue y aterrizaje de los helicópteros encargados de los traslados.
Cuando comenzó la guerra del Atlántico Sur, el casco del Irízar, habitualmente de color naranja fue cubierto con una capa de pintura blanca para evitar que la artillería británica lo confundiera con un buque mercante y lo hundiera. Ninguno de ellos podía ser atacado ni capturado.
“El Irízar tenía todo lo que necesitábamos, era muy grande y muy bien equipado: había tres quirófanos, 160 camas de internación, laboratorios, rayos, odontología, hemoterapia, terapia intermedia, terapia intensiva y tres salas de internación. Hasta podía cargar dos helicópteros, que se usaban para trasladar heridos, su trabajo fue incesante”, comentó Sosa Amaya.
Orgulloso del equipo de profesionales que lo acompañaba - en total eran 60 médicos de distintas especialidades- el director del buque hospital destacó la colaboración y la importancia de un contingente de enfermeras durante la atención sanitaria.
“De ellas no se habla mucho, pero su trabajo fue imprescindible. Eran enfermeras del ejército, eran las que iban al hospital de Puerto Argentino. Caían las bombas por todos lados y querían ir a tierra a toda costa, fueron muy valientes, realmente sin ellas no hubiese sido lo mismo”, recordó.
El capitán de Fragata contó que los médicos debieron atender a miles de heridos y sólo tuvieron un caso de un joven a quien le había explotado una bomba, cuyo cuerpo estaba lleno de metal y que no pudieron salvar. Además de las heridas de armas de fuego, muchos combatientes sufrieron lo que se conoce como “pie de trinchera”. “La isla tiene una característica muy particular, uno caminaba por allí y era como si caminara sobre un colchón de plumas, producto de la turba. Pero cuando hacían una trinchera se les llenaba de agua, y nuestros chicos no tenían la ropa ni el calzado adecuado para soportar eso. El frío producía lesiones vasculares, obstrucciones en la circulación y falta de oxígeno, hasta engangrenarse. Entonces debimos mutilar a muchos de ellos”, explicó.
Sosa Amaya recordó con énfasis el intercambio de visitas que médicos argentinos realizaron a buques ingleses, con el objetivo de intercambiar información sanitaria y visitar prisioneros. Asimismo, destacó: “El buen trato que recibieron nuestros heridos por los ingleses, por eso alguna vez les proporcionamos medicamentos que ellos no tenían, justamente porque alojaban muchos heridos nuestros”.
“Agüita, agüita por favor”
Era tal el desabastecimiento de alimentos y agua que padecían los soldados en pleno combate que, sumado a las condiciones climáticas adversas y a la falta de vestimenta adecuada, uno de las mayores dificultades que debieron enfrentar fue la deshidratación y desnutrición. Cuando los soldados llegaban malheridos al buque hospital, eran recibidos por las enfermeras quienes los esperaban con ropa limpia y alimentos.
“Al llegar al buque se duchaban con agua caliente, que para ellos era toda una bendición ya que había pasado semanas sin bañarse. ‘Agüita agüita, por favor’, era lo primero que ellos nos decían, tenían mucha sed porque venían deshidratados. Se les tiraba la ropa con la que venían porque era inutilizable, y se le daba una vestimenta nueva, frizada y muy calentita. Además, teníamos que tener cuidado que no se pegaran un atracón, porque venían con mucho hambre. Le dábamos agua mineral, y jugos, y después unas bolsitas que tenían chocolates y galletitas dulces”.
Para mi, pese a la derrota, fue una experiencia. Cuando regresamos me dio mucha bronca, por la falta de reconocimiento a todos ellos.
La religión en la guerra
“La religión ocupó un lugar fundamental en la guerra, para nuestros chicos. Recuerdo un capellán que daba misa en las embarcaciones, pero que además convivía entre los soldados en las trincheras. En las situaciones extremas, su participación fue crucial. Muchos nos decían que tenían fuerza gracias a que lo veían junto a ellos, su actuación fue extraordinaria”, comentó Sosa Amaya.
Además, señaló que los curas daban la comunión entre los heridos llevándoles paz y tranquilidad. “La mayoría de los soldaditos llevaban colgado alrededor de su cuello cinco rosarios cada uno. Fueron chicos que los sacaron de sus casas de un día para el otro y muchos ni siquiera pudieron despedirse de sus padres. Su mayor anhelo era regresar vivos”.
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“Pese a la derrota, nuestros soldados son verdaderos héroes”, dijo Sosa Amaya.
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Como un verdadero tesoro testimonial, Roberto Sosa Amaya guarda las fotos que sacó durante el conflicto bélico.
La guerra de Malvinas le costó la vida a 649 personas -entre ellos oficiales, suboficiales y jóvenes de 18 años que cumplían el servicio militar-, y mutilaciones y heridas a casi 1.300, además de secuelas psicológicas que llevaron al suicidio a más de 400 ex combatientes.
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