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El valor de lo simbólico
El vigor de los movimientos políticos y sociales que surgen favorecidos por la ola ascendente y siempre circunstancial de Clío,...

Gonzalo Neidal

El vigor de los movimientos políticos y sociales que surgen favorecidos por la ola ascendente y siempre circunstancial de Clío, puede ser identificado no sólo por la consistencia de su justificación teórica o por la solidez racional de sus postulados económicos. Borges solía ser irónico acerca del rol de los historiadores: “ejercen el arte de adivinar el pasado”, sentenció. Pero, en cierto modo, su labor no es tan ardua. Varias décadas o centurias de ventaja permiten valorar con otra perspectiva y sin las urgencias que supone la crónica contemporánea a los acontecimientos. Los que cronicamos en caliente debemos estar atentos a los detalles más ínfimos pues, aunque suelen ser despreciados por anecdóticos, casi siempre encierran todos los datos del contexto al que pertenecen, del mismo modo que la semilla contiene al árbol.

Para certificar el vigor de lo joven, siempre aparecen asociados a los hechos emergentes los condimentos pintorescos, la ironía graciosa o el pudor cautivante. Eso ha pasado con la rebelión chacarera que, más allá de algunos hechos ominosos que provocaron el fastidio justificado y creciente de muchos ciudadanos, no ha carecido de las ráfagas de salero que anotábamos.

Por ejemplo, un personaje como Alfredo De Angeli, surgido de la nada pampeana, frontal y lego, con dentadura incompleta y sagacidad criolla, contrasta en su valor simbólico con un Luis D’Elía, figura urbana sostenida por el presupuesto público holgado postdevaluación, cargado de rencores y oscuros jugos ideológicos desarraigados de la realidad cotidiana. Es la figura de quien se levanta al alba para producir contra del que vive de los dineros públicos y los subsidios oficiales.

Los legisladores que votaron a favor del gobierno, han quedado estigmatizados, salvo pocas excepciones, como levantabrazos disciplinados al poder central o, en el peor de los casos, como pusilánimes temerosos de represalias o gente sin principios, fácil de seducir con favores presidenciales. Al revés, quienes sostuvieron la posición de rechazo han sido catalogados como héroes, gente de convicciones firmes, insobornables custodios del bien público y interés nacional.

De igual modo, la felicitación de Diego Maradona a Julio Cobos tiene una carga simbólica difícil de sobrellevar para quien se encuentre del otro lado en la lidia política. El hombre de los goles a los ingleses, el que tiene tatuada la cara del Che en su brazo, el amigo de Castro y Chávez, el que rechazó a Bush desde la tribuna, el muchacho de Villa Fiorito, el que está siempre donde están los que luchan, el que siempre elige el lado de la épica y de los débiles, le habla a Cobos para felicitarlo por su valentía.

Por si faltaba algo, apareció la Carrió varias semanas antes del desenlace, pronosticando que en julio y de madrugada se obtendría la victoria que finalmente llegó.

El Consejo de Pesos Pesados de la Política, figuras que amadas y rechazadas alternativa y sucesivamente pero que, en el momento de los hechos decisivos, son escuchadas atentamente incluso por quienes las vituperan, también le bajó el pulgar al gobierno en su discusión con el campo. Alfonsín, Menem, Duhalde, los Rodríguez Saá, Puerta, Solá, Reutemann y varios más, advertían con severidad sobre los errores de la Casa Rosada.

Al asumir Menem como senador, un eufórico Néstor Kirchner se permitió bromear sobre la presunta calidad de “mufa” del ex presidente. Para conjurarla, y tal como aconsejan los manuales de la política, tomó con su mano uno de sus testículos, hecho irrespetuoso aunque revelador, que fue celebrado como una graciosa informalidad por parte de la prensa entonces adicta. Al parecer, no fue suficiente la curiosa ceremonia para evitar que en el Senado la suerte le fuera adversa. Quizá los órganos anatómicos que participaron del gesto grotesco no tenían la calidad o robustez suficiente como para soportar la responsabilidad de contrarrestar tanto desmanejo político.


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El procaz conjuro de Kirchner contra Menem, al parecer, no fue eficaz.


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