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Política
¿Somos todos keynesianos nuevamente?

Alejandro Moreno
amoreno@lmcordoba.com.ar

Por Alfredo Felix Blanco / Especial para La Mañana

¿Qué razones hay para pensar que los que hasta ayer negaban la necesidad de la intervención estatal están habilitados para decidir ahora cuál es su mejor forma? Indiscutiblemente ninguna.

El 4 de febrero de 1936, fue publicada en Londres la “Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero”. Con este libro, John M. Keynes revolucionó la teoría económica y brindó la justificación analítica para un cambio drástico de la política económica.

La intervención del Estado en la economía y el uso de instrumentos monetarios y fiscales para alentar el pleno empleo, reemplazaron a las recomendaciones del “laissez-faire” que habían dominado a la política económica desde fines del siglo XVIII.

La crisis del treinta dejó sin explicaciones a quienes confiaban ciegamente en la capacidad de ajuste automático del sistema económico. La receta liberal, y la teoría económica que la sustentaba, se derrumbaron frente a las filas de desocupados de todo el mundo y la mirada keynesiana ocupó su lugar.

La “Revolución Keynesiana” tuvo su apogeo en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, pero a fines de los años ochenta del siglo pasado nadie estaba en condiciones de defender al “keynesianismo”. No sólo las políticas keynesianas perdieron prestigio, sino que el marco teórico que se había desarrollado fue gradualmente modificado o abandonado. El pensamiento neoliberal conservador ocupó su lugar y aún hoy, a pesar de la crisis de la economía mundial, sigue predominando.

La historia de las ideas económicas no es otra cosa que el nacimiento, desarrollo y muerte de “paradigmas” teóricos que pretenden explicar la realidad. La actual situación económica mundial ha vuelto a desafiar las explicaciones de la teoría económica más difundida. Muchos de los que pensaban que los problemas de las “subprimes” en Estados Unidos eran simples nubarrones, hoy perciben que se trata una tormenta de consecuencias devastadoras. La recesión profunda en las economías desarrolladas ha obligado a los gobiernos a diseñar “programas de rescate”, aunque aún no se observan los efectos benéficos pretendidos.

La discusión actual ya no es si el Estado debe intervenir o no. Hasta los más conspicuos representantes del mundo financiero que sostenían la conveniencia del Estado mínimo, hoy reclaman intervención. ¿Es que ahora somos todos keynesianos nuevamente?
En el último número de “Finanzas y Desarrollo” el subdirector del Departamento de Estudios del FMI afirma que: “La lección más importante de cada crisis financiera desde la Gran Depresión es que se debe actuar pronto y de manera decidida e integral para resolver las tensiones financieras. La prioridad debe ser apagar el incendio, aun cuando se requieran medidas heterodoxas… ”
Sin embargo, vale la pena destacar que por estos días la discusión relevante es sobre el tipo de intervención necesaria, porque de ello dependerá quién termina pagando los costos de la crisis.

El pasado 26 de enero, en un debate organizado por el Financial Times y la Universidad de Georgetown, el director Gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, dijo que “…un dólar que se gaste hoy en la reestructuración del sector bancario resulta mucho mas útil para alcanzar la recuperación que el que se gaste en construir puentes, hospitales, etc.”.

Si esta mirada termina predominando en las medidas que se adopten, no se puede ser muy optimista sobre el futuro. ¿Qué razones hay para pensar que los que hasta ayer negaban la necesidad de la intervención estatal están habilitados para decidir ahora cuál es su mejor forma? Indiscutiblemente ninguna.

Preservar la renta financiera a costa de los sectores productivos solamente llevará a mayores dificultades y padecimientos.

Ante la opción de utilizar el dinero de los contribuyentes para salvar bancos o para proteger el empleo, la respuesta debería ser obvia.

Sin embargo el poder de los capitanes de Wall Street y sus representantes influirá en las decisiones. Los próximos meses mostrarán si las medidas obvias, y necesarias, sobrevivieron a esas influencias.


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