Noches de volver a casa sintonizando «Cucuruchos en la frente». De auscultar la ferocidad de Dick en su rol de maltratador de oyentes. De solidarizarse con la ingenuidad de Sabino recordando la vez que Aníbal Troilo subió a su taxi. De esperar con impaciencia la llegada de Roberto Flores, recibido por una cortina cuyo estribillo repite «hola puto, hola puto». De admirar el cinismo de Martín Revoira Lynch. De calibrar los improperios de Palito. De adorar las impertinencias de La Mega.
Al morir, Fernando Peña se llevó con él a todos esos personajes que convivían en su voz y en su cuerpo. Y todos los futuros muñecos que podrían haber surgido de su imaginación.
Peña se inscribe con sello propio en la historia del humor argentino: se instala en el extremo. Desde aquellas candideces geniales de Niní Marshall, Pepe Arias, Luis Sandrini, Pepe Biondi o los Cinco Grandes del Buen Humor, pasando por la picardía de José Marrone, Tato Bores o Dringue Farías, hasta llegar a los atrevimientos de Alberto Olmedo o Jorge Porcel, el género humorístico nacional se hizo adulto y perdió la inocencia original en la búsqueda de sus propios límites.
En los años ’90, con las pesadas cámaras ocultas de Marcelo Tinelli, la primera vez de Jorge Guinzburg, el hí-
perabsurdo de Cha Cha Cha y el humorismo combativo de CQC, pareció que esa frontera se había tensado hasta su punto máximo. Pero no. Todavía faltaba Fernando Peña. Con él, los límites se hicieron tan flexibles que perdieron su elasticidad y nunca más pudieron volver a su lugar. Y hablo también de los límites entre la vida y el escenario, entre la seriedad y la gracia, entre el afecto y la agresión, entre la salud y la enfermedad, entre la política y la tragicomedia.
Cuando se conoció la noticia de su fallecimiento, no pocos se habrán preguntado si ésta no era otra broma de Fernando Peña. Esa duda, esa breve incertidumbre, resume la obra de un artista total.
Lo sospechábamos, pero ahora tenemos la certeza. Aquellas noches de «Cucuruchos...» ya no se repetirán.