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ALGNUNOSFUERON MAS FAMOSOS QUE LOS PRESIDENTES
Breve historia de los ministros de Economía de la Argentina
La mayoría de los argentinos tendrían dificultades para responder correctamente si se les interrogara sobre quiénes son las personas que ocupan algunos ministerios nacionales. Es que, entre otras, áreas como Defensa o Interior suelen no llamar la atención de muchos de nuestros compatriotas. Sin embargo, no debe existir casi nadie que no sepa quien es el responsable de Economía. .
Alfredo Félix Blanco - (*) Especial para LA MAÑANA
Una encuesta mostraría que no sólo conocemos el nombre del actual responsable de la cartera de Economía sino el de muchos de los que le precedieron en ese cargo. En Argentina el ministro de Economía es siempre el funcionario más recordado de todos los que integran el gabinete. En los Estados Unidos de América hasta sería difícil definir cual es el cargo equivalente.
Habituados a convivir con problemas económicos severos, con un nivel de imprevisibilidad económica alucinante, con sucesivos ciclos de esperanzas y frustraciones, con recurrentes promesas de que “este año será el del último esfuerzo” y con permanentes “explicaciones” de los fracasos, los argentinos hemos encontrado en la política económica una materia casi tan atractiva, y sobre la cual se puede opinar casi tan ligeramente, como cuando se intercambian puntos de vista sobre el fútbol.
Las razones de esta conducta parecen obvias. Si los que supuestamente están “habilitados profesionalmente” para opinar y los que han diseñado las estrategias económicas han logrado los resultados que muestra la economía argentina, entonces no puede prohibirse a nadie decir:
“Si yo fuera Ministro de Economía, a este país lo arreglo fácilmente”, y a renglón seguido se lanza la receta que presuntamente permitiría a la Argentina ser el país que creemos que nos merecemos. Sin embargo, no puede sancionarse al ciudadano común por negarse a aceptar que los resultados económicos obtenidos requerían de alguna idoneidad profesional de los ministros, como tampoco resulta condenable que ante esos resultados se llegue a dudar de las buenas intenciones de los responsables de la política económica.
Es que la evolución de la economía argentina resulta difícil de entender no sólo para aquellos que cotidianamente la sufren; sino también para quienes no la sufren tanto porque tienen como oficio el de…estudiarla y explicarla.
Por ello, muchas veces (¿la mayoría de las veces?) lo que sucede es que “los que saben” predicen comportamientos macroeconómicos que nunca ocurrirán en la caprichosa economía argentina.
Hace pocos meses un presidente del Banco Central (Prat-Gay) tuvo problemas porque desde esa entidad se dejo trascender una comparación entre los pronósticos que habían realizado los principales “gurúes” de la city financiera y su grado de verificación posterior.
Es que estamos muy acostumbrados a que aparezcan hacia el final de cada año las “proyecciones” de la evolución futura de las principales variables macroeconómicas. Aunque, al igual que los libros de horóscopos que nos adelantan el futuro que viviremos el año próximo, omiten hacer publico qué es lo que habían pronosticado para el año que se va, y qué tan cerca han estado de la realidad.
Sirva lo anterior para contextualizar y comprender por que no sólo somos 37 millones de técnicos de la Selección nacional sino también 37 millones de ministros de Economía “in péctore”.
Por supuesto que la performance de ninguna economía del mundo puede comprenderse cabalmente sin hacer referencia a los factores extraeconómicos (en particular los políticos) que la afectan, pero en nuestro caso parecería que esta tarea es más difícil aún.
La imprevisibilidad política alimenta y se retroalimenta de la imprevisibilidad económica de una manera tal, que revisar la historia económica argentina es casi un ejercicio intelectual de “turismo aventura”. Por lo tanto sirva también esta introducción para morigerar (si ello es posible) las críticas a los profesionales de la economía y a aquellos que son los hombres mas recordados de todos los gabinetes: los ministros de Economía.
Por razones de espacio no formularemos en esta nota un análisis de las medidas adoptadas por cada ministro, ni siquiera los mencionaremos a todos ellos. Si algún lector necesitara alguna explicación adicional para aprobar esta limitación, sólo le pedimos que tenga presente que, desde la presidencia que Roca asumiera en noviembre de 1898 hasta la actualidad, Argentina tuvo 42 Presidentes (contando por separado las dos presidencias de Yrigoyen, las tres de Perón y las dos de Menem) pero disfrutó del trabajo de ¡88! ministros de Economía. Aunque, como veremos, entre los ministros se repiten algunos nombres para no desaprovechar la experiencia.
En esos 106 años sólo dos presidentes elegidos democráticamente satisfacen la doble (y por lo visto muy difícil) condición de cumplir con su mandato completo y de tener durante el mismo un solo Ministro de Economía. Yrigoyen que, entre 1916 y 1922, tuvo a Domingo Salaberry y Perón que, entre1946 y 1952, tuvo a Ramón Cereijo.
Por supuesto que la vocación de servicio de algunos de nuestros ministros les llevo a cumplir funciones con más de un presidente. No fueron pocos los casos, pero veamos sólo algunos.
Jorge Whebe que fue designado por Frondizi días antes de ser éste obligado a renunciar a favor de Guido, permaneció con el nuevo presidente. Especialista en dejar los papeles en orden para una nueva gestión, no dudó en acudir a la convocatoria de Lanusse en 1972 cuando aquel régimen se aprestaba a abrir el proceso electoral del 73. Con esa invalorable experiencia acumulada, diez años más tarde la patria nuevamente le demandó sus servicios y no vaciló en acompañar a Bignone en los estertores finales del proceso militar que desembocaría en las elecciones de 1983.
¿Tuvieron algo en común Frondizi, Guido, Lanusse y Bignone? Por supuesto: a Whebe por lo menos.
Similar caso es el de Martínez de Hoz que estuvo con Guido cinco meses en 1963 y después nuevamente tuvo que dejar de lado sus asuntos particulares (¿o los de la Nación serían sus asuntos particulares?) para acompañar a Videla a defender el bien común durante los cinco años en que éste encabezó la dictadura militar autodenominada Proceso de Reorganización Nacional.
Pero hay más: Alsogaray que acompaño a Frondizi casi dos años en 1959 y a Guido en 1962. Krieger Vasena que hizo sus primeras armas como ministro de Economía con Aramburu en 1957/58 y pudo aprovechar esa experiencia, siguiendo con los hombres de armas, cuando Onganía lo convocó entre 1967 y 1969.
Y podríamos continuar con Blanco (Aramburu e Illia), Alemann (Frondizi y Galtieri), Cavallo (Menem y De la Rúa) y la lista se haría interminable si incluyéramos aquellos que antes de ser ministros estuvieron en otros gobiernos en cargos importantes sin haber llegado a ser ministro.
Por supuesto también están los que, más comprensiblemente, han ocupado el cargo en más de una oportunidad pero con gobiernos del mismo signo político. Esteos son los casos de Pugliese (Illia y Alfonsín), Bonani (Perón y María Estela Martínez). O como el actual, Lavagna, que sobrevivió a la ida del Presidente que lo designó (Duhalde).
En este rápido repaso no podemos omitir al sacrificado José Ber Gelbard que en solo 17 meses al frente del Ministerio de Economía (junio de 1973-octubre de 1974) tuvo que lidiar con cuatro presidentes: Cámpora, Lastiri, Perón y María Estela Martínez de Perón. Esta última ostenta también un récord, entre muchos otros, en relación a los ministros de Economía: en los 21 meses que presidió a la Argentina tuvo a ¡siete ministros! En realidad fueron ocho, porque Corvalán Nanclares estuvo en dos oportunidades. Para quien se resista a creerlo, aquí va la lista: Mondelli, Cafiero, Corvalán Nanclares, Bonnani, Corvalán Nanclares (de nuevo), Rodrigo y Gómez Morales.
La conclusión más evidente es que los ministros duran poco pero, a pesar de lo sacrificado y poco gratificante del cargo, hay mucha reincidencia.

Los ministros de la democracia

Alfonsín tuvo cuatro ministros, de los cuales sólo dos (Grinspun y Sourrouille) permanecieron algún tiempo en el cargo. Grinspun, uno de fundadores de Renovación y Cambio, el sector interno de Alfonsín, fue quien inauguró la etapa de los ministros de la democracia. Irascible, e impetuoso tenía muy malas relaciones con el establishment financiero y con los organismos de crédito como el FMI. Es recordada la oportunidad en la cual ante la intransigencia de un representante del FMI le dijo. “Si querés que me baje los pantalones, avisame y me los bajo” y muchos afirman que acto seguido… ¡se los bajó!
En los catorce meses que duró su gestión, Grinspun intentó formar un “club de deudores” con otros países latinoamericanos para mejorar las condiciones de negociación de la deuda externa. El intento fracasó y las crecientes dificultades para estabilizar la economía, la oposición de los sindicatos peronistas, los problemas fiscales y la clara sensación de que no existía una estrategia clara para luchar contra el flagelo inflacionario terminaron con la gestión de Grinspun.
Lo reemplazó Juan Vital Sourrouille, que es uno de los ministros de la etapa democrática que más tiempo permaneció en el cargo (desde febrero de 1985 a marzo de 1989). En junio de 1985, cuando la inflación argentina cumplía su décimo año de crecimiento de tres dígitos (desde el “Rodrigazo” de 1975 el índice de precios al consumidor no había bajado en ningún año del 100%) se lanzó el Plan Austral. Nueva moneda, ajuste fiscal, “desagio” para anular la inercia inflacionaria y congelamiento de salarios y precios fueron las principales medidas de este exitoso plan. Rápidamente se frenó la inflación sin contracción económica, hubo mejoras en lo fiscal y en el sector externo de la economía. Sin embargo, hacia fines de 1986 se advierten nuevas presiones inflacionarias, se agudizan las demandas por aumentos salariales y comienza a deteriorarse la situación fiscal.
En 1988 la situación obliga a Sourrouille a lanzar “El Plan Primavera” que a duras penas logra pasar el verano, porque su éxito en bajar la tasa de inflación perdura poco tiempo. El viernes 30 de marzo de 1989 Angeloz, candidato a presidente de la UCR, expresó públicamente que era “el momento de cambiar el equipo económico”. Sourrouille renunció y Alfonsín designó a Juan Carlos Pugliese en su lugar. Pugliese sólo pudo permanecer 45 días durante los cuales percibió con crudeza cuanto había cambiado la economía argentina desde su anterior paso por el Ministerio cuando, durante casi dos años, había acompañado a Arturo Illia. De aquellos buenos tiempos había quedado la percepción de la injusticia del golpe de Estado encabezado por el grotesco Juan Carlos Onganía. De la breve gestión de Pugliese en 1989 se recuerda su frase “les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo”, sincera confesión del fracaso en contener un proceso que se desbordaba y que terminaría con el primer incidente hiperinflacionario de Argentina.
El reemplazante fue Jesús Rodríguez, pero su misión fue poco más que una tarea “coordinadora” para la entrega del gobierno al, ya elegido, presidente Carlos Menem que anticipadamente se haría cargo del país el 8 de julio de 1989.
Menem, como no nos quería defraudar, se sinceró y decidió hacer todo lo contrario a lo que había prometido en campaña. Dijo que los únicos que sabían de economía eran aquellos que manejaban grandes empresas y convencido de la necesidad de dar una señal al gran capital resolvió ofrecerle al Grupo Bunge y Born la conducción económica.
Y fue así como un grupo habitualmente denostado públicamente en el discurso peronista se transformó no sólo en el responsable del área más delicada del gobierno sino que para que no hubiera dudas sobre ello al plan económico del nuevo gobierno se lo llamó Plan BB.
Los nuevos aliados tendrían una responsabilidad enorme, aunque se les permitió carraspear en la frase de la marcha partidaria en la que los peronistas combatían musicalmente al capital.
El primer ministro designado fue Roig, director de Bunge y Born, pero su repentina muerte prácticamente le impidió hacer ejercicio efectivo de la función. Su reemplazante fue otro funcionario del grupo: Néstor Rapanelli.
Contra la presunción de Menem, “los que sabían” no pudieron controlar la situación. Fuerte inestabilidad cambiaria, desborde inflacionario, y caos económico impidieron que el BB llegara a ser adulto. A cinco meses de haber asumido Rapanelli le dejaba el lugar Erman González.
Con tonada riojana llegó el Plan Bonex que fue básicamente una incautación, por parte del Estado, de los depósitos a plazo fijo entregándose a cambio títulos de la deuda a diez años de plazo.
Para marzo de 1990 ya íbamos por el Plan Erman III y para marzo de 1991 asumía el cuarto ministro de Economía de Menem.
Domingo Felipe Cavallo no sabía lo que era dirigir Bunge y Born, tampoco hablaba con la misma tonada esdrújula del presidente, pero ésos eran inconvenientes menores para quien aceptó un desafío que había buscado durante muchos años de su vida.
Dicen algunos que, siendo subsecretario del Ministerio del Interior y después presidente del Banco Central durante el gobierno del guerrero Fortunato Galtieri, ya soñaba con jurar como ministro de Economía de la Nación.
Con Cavallo llegó el Plan de Convertibilidad. Así como hemos tenido ministros que formularon más de un plan. A la inversa, la convertibilidad fue un plan que duró más de un ministro; y más de un presidente. Más aún, le dio tal rédito político a Menem que hubo quienes creían (¿creían?) que había sido una idea de él.
Cavallo renunció en agosto de 1996, pero su plan perduró varios años más. Como dijimos al comienzo, no es el objetivo de esta nota el análisis técnico de las políticas económicas, pero recordemos unos pocos rasgos de aquella estrategia. Como todo plan que se anuncia, iba durar para siempre, y como todo plan que se precia de serio, cambió la moneda. A partir del 1 de enero de 1992 la moneda volvió ser el peso, igualada en paridad con el dólar. Por supuesto que este deseo de permanencia lo había tenido el “peso ley” de Krieger Vasena y también el austral de Sourrouille, entre otros. Pero la idea central del plan era la de fijar el tipo de cambio y atar la expansión monetaria al crecimiento de las reservas.
Complementado por medidas de desregulación y privatizaciones de empresas públicas el programa tuvo un gran éxito en materia de estabilidad de precios y de crecimiento del PBI. Los costos en términos de desempleo, el gradual atraso cambiario, la imprudencia fiscal del gobierno y el crecimiento de los niveles de la deuda no eran ni querían ser vistos por nadie.
Quien sucedió a Cavallo, Roque Fernández, no es muy recordado salvo por la confesión pública que hizo de que él no había aprendido nada en la Facultad. Cuando dejó la gestión en diciembre de 1999, la convertibilidad seguía viva aun…el desempleo, el déficit fiscal y la deuda externa seguían creciendo más saludables aún.
Asumió De la Rúa con una situación económica realmente difícil. Si el problema central era la economía no íbamos a estar ahorrando en economistas. Podemos imaginar al Presidente ordenando: “Machinea controle a Economía, Llach marque a Educación, Rodríguez Giavarini a Relaciones Internacionales, López Murphy a la Defensa”. En fin, un seleccionado de economistas en el Gabinete nacional fue la decisión de aquel momento.
Sin embargo la rebelde realidad económica argentina no se dejaba dominar. Hasta marzo de 2001 Machinea trató pero no pudo. López Murphy ni siquiera pudo tratar. Dijo López Murphy: “Yo quiero decirles, en mis primeras palabras como ministro de Economía, que la imagen de una Argentina solidaria y en crecimiento, no es la fantasía de un discurso demagógico sino un futuro posible que deseo se instale pronto entre todos nosotros” y agregaba: “Trabajaré con ahínco. Esta es la instrucción que he recibido del Sr. Presidente de la Nación y por la que estoy decidido a jugarme a fondo”. El que parece que no estaba decidido a jugarse tan a fondo era De la Rúa que dos semanas después lo hacía renunciar.
Era marzo de 2001 y el gobierno radical, cuya crítica a la política de Menem había sido muy dura solicitó los servicios de Cavallo. Los radicales no lo querían porque había estado siempre con el peronismo, o con la dictadura, los peronistas no lo querían porque ya no estaba con ellos, los frepasistas no lo querían porque era muy liberal, los liberales no lo querían porque era muy intervencionista. ¿Quién lo quería? Además de él mismo, sobre lo cual no caben dudas,… ¡lo querían todos!
En rigor de verdad no importa si eran amores por conveniencia, la realidad es que aunque unidos por el espanto los sectores más diversos vieron con buenos ojos el regreso de Cavallo al Ministerio.
Los nueve meses siguientes fueron un acelerado deterioro de las condiciones políticas y económicas. Se fue Cavallo el 20 de diciembre y al rato nomás se fue De la Rúa.
Dos días de Puerta como presidente (Capitanich, ministro de Economía) y la llegada de Rodríguez Saá. Una gestión casi surrealista que declaró el “default”, que ya existía, para poder festejarlo cuando había que disimularlo. No hay pruebas, son sólo sospechas, de que el puntano presidente creía que la mejor forma de no tener problemas económicos era disolver el Ministerio de Economía. ¡Y lo disolvió!, transformándolo en la Secretaría de Hacienda, Finanzas e Ingresos Públicos. Rodolfo Frigeri, encargado de los asuntos económicos del gobierno durante siete largos días, se fue sin haber podido experimentar el placer auditivo de que alguien le dijera: “Sí, señor ministro”. El año nuevo nos trajo a Duhalde presidente, la resurrección del Ministerio de Economía para Jorge Remes Lenicov, y la muerte de la convertibilidad que, convengamos, es probable que haya acaecido tiempo antes y que no lo hubiéramos advertido. A fines de abril de 2002 asumió Lavagna, al mes siguiente se iba Duhalde y asumía Kirchner, pero Lavagna continuó en el cargo. Lo siguiente es historia reciente. A tres años del default, Argentina sigue intentando reestructurar la deuda, la economía se ha recuperado parcialmente, la tasa de desempleo y los niveles de pobreza ha bajado pero siguen en niveles incompatibles con una sociedad moderna.
La crisis económica, política y social, la perdida de confianza como sociedad llevó, a principios de 2002, al conocido economista norteamericano Rudiger Dornbusch a herirnos en nuestro orgullo nacional al afirmar que la Argentina debía aceptar “una intervención de comisionados externos sobre su política monetaria y fiscal”, que significa en términos mas llanos (y mas dolorosos) que él cree que no somos capaces de gobernarnos racionalmente, al menos en esas materias. Finalmente, cuando algún amigo le diga: “Si yo fuera Ministro…” haga lo siguiente: a) escúchelo atentamente (piense a cuantos ministros ya ha escuchado), b) recuerde que las soluciones seguramente no son tan simples como se las presenta y c) dude siempre de que esa receta sea infalible. Piense que su amigo, usted y todos los argentinos no tenemos derecho a renunciar a nuestros sueños de tener el mejor país posible.





 
 
 

 

 
 
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