Una encuesta mostraría que
no sólo conocemos el nombre del actual responsable
de la cartera de Economía sino el de muchos
de los que le precedieron en ese cargo. En Argentina
el ministro de Economía es siempre el funcionario
más recordado de todos los que integran el
gabinete. En los Estados Unidos de América
hasta sería difícil definir cual es
el cargo equivalente.
Habituados a convivir con problemas económicos
severos, con un nivel de imprevisibilidad económica
alucinante, con sucesivos ciclos de esperanzas y
frustraciones, con recurrentes promesas de que este
año será el del último esfuerzo
y con permanentes explicaciones de los
fracasos, los argentinos hemos encontrado en la
política económica una materia casi
tan atractiva, y sobre la cual se puede opinar casi
tan ligeramente, como cuando se intercambian puntos
de vista sobre el fútbol.
Las razones de esta conducta parecen obvias. Si
los que supuestamente están habilitados
profesionalmente para opinar y los que han
diseñado las estrategias económicas
han logrado los resultados que muestra la economía
argentina, entonces no puede prohibirse a nadie
decir:
Si yo fuera Ministro de Economía, a
este país lo arreglo fácilmente,
y a renglón seguido se lanza la receta que
presuntamente permitiría a la Argentina ser
el país que creemos que nos merecemos. Sin
embargo, no puede sancionarse al ciudadano común
por negarse a aceptar que los resultados económicos
obtenidos requerían de alguna idoneidad profesional
de los ministros, como tampoco resulta condenable
que ante esos resultados se llegue a dudar de las
buenas intenciones de los responsables de la política
económica.
Es que la evolución de la economía
argentina resulta difícil de entender no
sólo para aquellos que cotidianamente la
sufren; sino también para quienes no la sufren
tanto porque tienen como oficio el de
estudiarla
y explicarla.
Por ello, muchas veces (¿la mayoría
de las veces?) lo que sucede es que los que
saben predicen comportamientos macroeconómicos
que nunca ocurrirán en la caprichosa economía
argentina.
Hace pocos meses un presidente del Banco Central
(Prat-Gay) tuvo problemas porque desde esa entidad
se dejo trascender una comparación entre
los pronósticos que habían realizado
los principales gurúes de la
city financiera y su grado de verificación
posterior.
Es que estamos muy acostumbrados a que aparezcan
hacia el final de cada año las proyecciones
de la evolución futura de las principales
variables macroeconómicas. Aunque, al igual
que los libros de horóscopos que nos adelantan
el futuro que viviremos el año próximo,
omiten hacer publico qué es lo que habían
pronosticado para el año que se va, y qué
tan cerca han estado de la realidad.
Sirva lo anterior para contextualizar y comprender
por que no sólo somos 37 millones de técnicos
de la Selección nacional sino también
37 millones de ministros de Economía in
péctore.
Por supuesto que la performance de ninguna economía
del mundo puede comprenderse cabalmente sin hacer
referencia a los factores extraeconómicos
(en particular los políticos) que la afectan,
pero en nuestro caso parecería que esta tarea
es más difícil aún.
La imprevisibilidad política alimenta y se
retroalimenta de la imprevisibilidad económica
de una manera tal, que revisar la historia económica
argentina es casi un ejercicio intelectual de turismo
aventura. Por lo tanto sirva también
esta introducción para morigerar (si ello
es posible) las críticas a los profesionales
de la economía y a aquellos que son los hombres
mas recordados de todos los gabinetes: los ministros
de Economía.
Por razones de espacio no formularemos en esta nota
un análisis de las medidas adoptadas por
cada ministro, ni siquiera los mencionaremos a todos
ellos. Si algún lector necesitara alguna
explicación adicional para aprobar esta limitación,
sólo le pedimos que tenga presente que, desde
la presidencia que Roca asumiera en noviembre de
1898 hasta la actualidad, Argentina tuvo 42 Presidentes
(contando por separado las dos presidencias de Yrigoyen,
las tres de Perón y las dos de Menem) pero
disfrutó del trabajo de ¡88! ministros
de Economía. Aunque, como veremos, entre
los ministros se repiten algunos nombres para no
desaprovechar la experiencia.
En esos 106 años sólo dos presidentes
elegidos democráticamente satisfacen la doble
(y por lo visto muy difícil) condición
de cumplir con su mandato completo y de tener durante
el mismo un solo Ministro de Economía. Yrigoyen
que, entre 1916 y 1922, tuvo a Domingo Salaberry
y Perón que, entre1946 y 1952, tuvo a Ramón
Cereijo.
Por supuesto que la vocación de servicio
de algunos de nuestros ministros les llevo a cumplir
funciones con más de un presidente. No fueron
pocos los casos, pero veamos sólo algunos.
Jorge Whebe que fue designado por Frondizi días
antes de ser éste obligado a renunciar a
favor de Guido, permaneció con el nuevo presidente.
Especialista en dejar los papeles en orden para
una nueva gestión, no dudó en acudir
a la convocatoria de Lanusse en 1972 cuando aquel
régimen se aprestaba a abrir el proceso electoral
del 73. Con esa invalorable experiencia acumulada,
diez años más tarde la patria nuevamente
le demandó sus servicios y no vaciló
en acompañar a Bignone en los estertores
finales del proceso militar que desembocaría
en las elecciones de 1983.
¿Tuvieron algo en común Frondizi,
Guido, Lanusse y Bignone? Por supuesto: a Whebe
por lo menos.
Similar caso es el de Martínez de Hoz que
estuvo con Guido cinco meses en 1963 y después
nuevamente tuvo que dejar de lado sus asuntos particulares
(¿o los de la Nación serían
sus asuntos particulares?) para acompañar
a Videla a defender el bien común durante
los cinco años en que éste encabezó
la dictadura militar autodenominada Proceso de Reorganización
Nacional.
Pero hay más: Alsogaray que acompaño
a Frondizi casi dos años en 1959 y a Guido
en 1962. Krieger Vasena que hizo sus primeras armas
como ministro de Economía con Aramburu en
1957/58 y pudo aprovechar esa experiencia, siguiendo
con los hombres de armas, cuando Onganía
lo convocó entre 1967 y 1969.
Y podríamos continuar con Blanco (Aramburu
e Illia), Alemann (Frondizi y Galtieri), Cavallo
(Menem y De la Rúa) y la lista se haría
interminable si incluyéramos aquellos que
antes de ser ministros estuvieron en otros gobiernos
en cargos importantes sin haber llegado a ser ministro.
Por supuesto también están los que,
más comprensiblemente, han ocupado el cargo
en más de una oportunidad pero con gobiernos
del mismo signo político. Esteos son los
casos de Pugliese (Illia y Alfonsín), Bonani
(Perón y María Estela Martínez).
O como el actual, Lavagna, que sobrevivió
a la ida del Presidente que lo designó (Duhalde).
En este rápido repaso no podemos omitir al
sacrificado José Ber Gelbard que en solo
17 meses al frente del Ministerio de Economía
(junio de 1973-octubre de 1974) tuvo que lidiar
con cuatro presidentes: Cámpora, Lastiri,
Perón y María Estela Martínez
de Perón. Esta última ostenta también
un récord, entre muchos otros, en relación
a los ministros de Economía: en los 21 meses
que presidió a la Argentina tuvo a ¡siete
ministros! En realidad fueron ocho, porque Corvalán
Nanclares estuvo en dos oportunidades. Para quien
se resista a creerlo, aquí va la lista: Mondelli,
Cafiero, Corvalán Nanclares, Bonnani, Corvalán
Nanclares (de nuevo), Rodrigo y Gómez Morales.
La conclusión más evidente es que
los ministros duran poco pero, a pesar de lo sacrificado
y poco gratificante del cargo, hay mucha reincidencia.
Los ministros de la democracia
Alfonsín tuvo cuatro ministros, de los
cuales sólo dos (Grinspun y Sourrouille)
permanecieron algún tiempo en el cargo.
Grinspun, uno de fundadores de Renovación
y Cambio, el sector interno de Alfonsín,
fue quien inauguró la etapa de los ministros
de la democracia. Irascible, e impetuoso tenía
muy malas relaciones con el establishment financiero
y con los organismos de crédito como el
FMI. Es recordada la oportunidad en la cual ante
la intransigencia de un representante del FMI
le dijo. Si querés que me baje los
pantalones, avisame y me los bajo y muchos
afirman que acto seguido
¡se los bajó!
En los catorce meses que duró su gestión,
Grinspun intentó formar un club de
deudores con otros países latinoamericanos
para mejorar las condiciones de negociación
de la deuda externa. El intento fracasó
y las crecientes dificultades para estabilizar
la economía, la oposición de los
sindicatos peronistas, los problemas fiscales
y la clara sensación de que no existía
una estrategia clara para luchar contra el flagelo
inflacionario terminaron con la gestión
de Grinspun.
Lo reemplazó Juan Vital Sourrouille, que
es uno de los ministros de la etapa democrática
que más tiempo permaneció en el
cargo (desde febrero de 1985 a marzo de 1989).
En junio de 1985, cuando la inflación argentina
cumplía su décimo año de
crecimiento de tres dígitos (desde el Rodrigazo
de 1975 el índice de precios al consumidor
no había bajado en ningún año
del 100%) se lanzó el Plan Austral. Nueva
moneda, ajuste fiscal, desagio para
anular la inercia inflacionaria y congelamiento
de salarios y precios fueron las principales medidas
de este exitoso plan. Rápidamente se frenó
la inflación sin contracción económica,
hubo mejoras en lo fiscal y en el sector externo
de la economía. Sin embargo, hacia fines
de 1986 se advierten nuevas presiones inflacionarias,
se agudizan las demandas por aumentos salariales
y comienza a deteriorarse la situación
fiscal.
En 1988 la situación obliga a Sourrouille
a lanzar El Plan Primavera que a duras
penas logra pasar el verano, porque su éxito
en bajar la tasa de inflación perdura poco
tiempo. El viernes 30 de marzo de 1989 Angeloz,
candidato a presidente de la UCR, expresó
públicamente que era el momento de
cambiar el equipo económico. Sourrouille
renunció y Alfonsín designó
a Juan Carlos Pugliese en su lugar. Pugliese sólo
pudo permanecer 45 días durante los cuales
percibió con crudeza cuanto había
cambiado la economía argentina desde su
anterior paso por el Ministerio cuando, durante
casi dos años, había acompañado
a Arturo Illia. De aquellos buenos tiempos había
quedado la percepción de la injusticia
del golpe de Estado encabezado por el grotesco
Juan Carlos Onganía. De la breve gestión
de Pugliese en 1989 se recuerda su frase les
hablé con el corazón y me contestaron
con el bolsillo, sincera confesión
del fracaso en contener un proceso que se desbordaba
y que terminaría con el primer incidente
hiperinflacionario de Argentina.
El reemplazante fue Jesús Rodríguez,
pero su misión fue poco más que
una tarea coordinadora para la entrega
del gobierno al, ya elegido, presidente Carlos
Menem que anticipadamente se haría cargo
del país el 8 de julio de 1989.
Menem, como no nos quería defraudar, se
sinceró y decidió hacer todo lo
contrario a lo que había prometido en campaña.
Dijo que los únicos que sabían de
economía eran aquellos que manejaban grandes
empresas y convencido de la necesidad de dar una
señal al gran capital resolvió ofrecerle
al Grupo Bunge y Born la conducción económica.
Y fue así como un grupo habitualmente denostado
públicamente en el discurso peronista se
transformó no sólo en el responsable
del área más delicada del gobierno
sino que para que no hubiera dudas sobre ello
al plan económico del nuevo gobierno se
lo llamó Plan BB.
Los nuevos aliados tendrían una responsabilidad
enorme, aunque se les permitió carraspear
en la frase de la marcha partidaria en la que
los peronistas combatían musicalmente al
capital.
El primer ministro designado fue Roig, director
de Bunge y Born, pero su repentina muerte prácticamente
le impidió hacer ejercicio efectivo de
la función. Su reemplazante fue otro funcionario
del grupo: Néstor Rapanelli.
Contra la presunción de Menem, los
que sabían no pudieron controlar
la situación. Fuerte inestabilidad cambiaria,
desborde inflacionario, y caos económico
impidieron que el BB llegara a ser adulto. A cinco
meses de haber asumido Rapanelli le dejaba el
lugar Erman González.
Con tonada riojana llegó el Plan Bonex
que fue básicamente una incautación,
por parte del Estado, de los depósitos
a plazo fijo entregándose a cambio títulos
de la deuda a diez años de plazo.
Para marzo de 1990 ya íbamos por el Plan
Erman III y para marzo de 1991 asumía el
cuarto ministro de Economía de Menem.
Domingo Felipe Cavallo no sabía lo que
era dirigir Bunge y Born, tampoco hablaba con
la misma tonada esdrújula del presidente,
pero ésos eran inconvenientes menores para
quien aceptó un desafío que había
buscado durante muchos años de su vida.
Dicen algunos que, siendo subsecretario del Ministerio
del Interior y después presidente del Banco
Central durante el gobierno del guerrero Fortunato
Galtieri, ya soñaba con jurar como ministro
de Economía de la Nación.
Con Cavallo llegó el Plan de Convertibilidad.
Así como hemos tenido ministros que formularon
más de un plan. A la inversa, la convertibilidad
fue un plan que duró más de un ministro;
y más de un presidente. Más aún,
le dio tal rédito político a Menem
que hubo quienes creían (¿creían?)
que había sido una idea de él.
Cavallo renunció en agosto de 1996, pero
su plan perduró varios años más.
Como dijimos al comienzo, no es el objetivo de
esta nota el análisis técnico de
las políticas económicas, pero recordemos
unos pocos rasgos de aquella estrategia. Como
todo plan que se anuncia, iba durar para siempre,
y como todo plan que se precia de serio, cambió
la moneda. A partir del 1 de enero de 1992 la
moneda volvió ser el peso, igualada en
paridad con el dólar. Por supuesto que
este deseo de permanencia lo había tenido
el peso ley de Krieger Vasena y también
el austral de Sourrouille, entre otros. Pero la
idea central del plan era la de fijar el tipo
de cambio y atar la expansión monetaria
al crecimiento de las reservas.
Complementado por medidas de desregulación
y privatizaciones de empresas públicas
el programa tuvo un gran éxito en materia
de estabilidad de precios y de crecimiento del
PBI. Los costos en términos de desempleo,
el gradual atraso cambiario, la imprudencia fiscal
del gobierno y el crecimiento de los niveles de
la deuda no eran ni querían ser vistos
por nadie.
Quien sucedió a Cavallo, Roque Fernández,
no es muy recordado salvo por la confesión
pública que hizo de que él no había
aprendido nada en la Facultad. Cuando dejó
la gestión en diciembre de 1999, la convertibilidad
seguía viva aun
el desempleo, el déficit
fiscal y la deuda externa seguían creciendo
más saludables aún.
Asumió De la Rúa con una situación
económica realmente difícil. Si
el problema central era la economía no
íbamos a estar ahorrando en economistas.
Podemos imaginar al Presidente ordenando: Machinea
controle a Economía, Llach marque a Educación,
Rodríguez Giavarini a Relaciones Internacionales,
López Murphy a la Defensa. En fin,
un seleccionado de economistas en el Gabinete
nacional fue la decisión de aquel momento.
Sin embargo la rebelde realidad económica
argentina no se dejaba dominar. Hasta marzo de
2001 Machinea trató pero no pudo. López
Murphy ni siquiera pudo tratar. Dijo López
Murphy: Yo quiero decirles, en mis primeras
palabras como ministro de Economía, que
la imagen de una Argentina solidaria y en crecimiento,
no es la fantasía de un discurso demagógico
sino un futuro posible que deseo se instale pronto
entre todos nosotros y agregaba: Trabajaré
con ahínco. Esta es la instrucción
que he recibido del Sr. Presidente de la Nación
y por la que estoy decidido a jugarme a fondo.
El que parece que no estaba decidido a jugarse
tan a fondo era De la Rúa que dos semanas
después lo hacía renunciar.
Era marzo de 2001 y el gobierno radical, cuya
crítica a la política de Menem había
sido muy dura solicitó los servicios de
Cavallo. Los radicales no lo querían porque
había estado siempre con el peronismo,
o con la dictadura, los peronistas no lo querían
porque ya no estaba con ellos, los frepasistas
no lo querían porque era muy liberal, los
liberales no lo querían porque era muy
intervencionista. ¿Quién lo quería?
Además de él mismo, sobre lo cual
no caben dudas,
¡lo querían
todos!
En rigor de verdad no importa si eran amores por
conveniencia, la realidad es que aunque unidos
por el espanto los sectores más diversos
vieron con buenos ojos el regreso de Cavallo al
Ministerio.
Los nueve meses siguientes fueron un acelerado
deterioro de las condiciones políticas
y económicas. Se fue Cavallo el 20 de diciembre
y al rato nomás se fue De la Rúa.
Dos días de Puerta como presidente (Capitanich,
ministro de Economía) y la llegada de Rodríguez
Saá. Una gestión casi surrealista
que declaró el default, que
ya existía, para poder festejarlo cuando
había que disimularlo. No hay pruebas,
son sólo sospechas, de que el puntano presidente
creía que la mejor forma de no tener problemas
económicos era disolver el Ministerio de
Economía. ¡Y lo disolvió!,
transformándolo en la Secretaría
de Hacienda, Finanzas e Ingresos Públicos.
Rodolfo Frigeri, encargado de los asuntos económicos
del gobierno durante siete largos días,
se fue sin haber podido experimentar el placer
auditivo de que alguien le dijera: Sí,
señor ministro. El año nuevo
nos trajo a Duhalde presidente, la resurrección
del Ministerio de Economía para Jorge Remes
Lenicov, y la muerte de la convertibilidad que,
convengamos, es probable que haya acaecido tiempo
antes y que no lo hubiéramos advertido.
A fines de abril de 2002 asumió Lavagna,
al mes siguiente se iba Duhalde y asumía
Kirchner, pero Lavagna continuó en el cargo.
Lo siguiente es historia reciente. A tres años
del default, Argentina sigue intentando reestructurar
la deuda, la economía se ha recuperado
parcialmente, la tasa de desempleo y los niveles
de pobreza ha bajado pero siguen en niveles incompatibles
con una sociedad moderna.
La crisis económica, política y
social, la perdida de confianza como sociedad
llevó, a principios de 2002, al conocido
economista norteamericano Rudiger Dornbusch a
herirnos en nuestro orgullo nacional al afirmar
que la Argentina debía aceptar una
intervención de comisionados externos sobre
su política monetaria y fiscal, que
significa en términos mas llanos (y mas
dolorosos) que él cree que no somos capaces
de gobernarnos racionalmente, al menos en esas
materias. Finalmente, cuando algún amigo
le diga: Si yo fuera Ministro
haga lo siguiente: a) escúchelo atentamente
(piense a cuantos ministros ya ha escuchado),
b) recuerde que las soluciones seguramente no
son tan simples como se las presenta y c) dude
siempre de que esa receta sea infalible. Piense
que su amigo, usted y todos los argentinos no
tenemos derecho a renunciar a nuestros sueños
de tener el mejor país posible.
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