Todos los autores que han
analizado la historia económica mundial,
sea cual sea la perspectiva analítica a la
que hayan adherido, coinciden en destacar que el
desarrollo de la economía capitalista tiene
entre sus rasgos esenciales la tendencia a la expansión
e internacionalización de las actividades
económicas.
El capitalismo moderno estuvo asociado y demandó
en sus orígenes de la existencia de los estados-nación
que sucedieron al orden feudal caracterizado por
el fraccionamiento del poder político. El
desarrollo y expansión de los mercados que
requería el desarrollo comercial e industrial,
hacía coincidir los intereses de las nuevas
formas de producción con una estructura fuerte
que las protegiera de competidores extranjeros.
Para ello los Estados recurrían a todos los
medios a su alcance, donde la guerra no era una
excepción. Esa es la historia del nacimiento
de los Estados-Nación europeos en los albores
del capitalismo.
Sin embargo, el propio desarrollo de la economía
mundial fue gradualmente requiriendo nuevas formas,
y la internacionalización en su fase superior:
la globalización, termina demandando una
gradual desaparición de las fronteras nacionales.
No es una paradoja, sino una consecuencia natural
de su desarrollo, que el capitalismo nacido junto
a estados nacionales fuertes y beligerantes, necesite
para su propia evolución morigerar hoy la
presencia de esas soberanías nacionales.
Integrarse o perecer

La aceleración del proceso de globalización
económica de las últimas décadas
del siglo pasado, implicó para todos los
países una mayor necesidad de buscar formas
de integración que les permitan afrontar
en mejores condiciones los nuevos escenarios.
Desde fines de la Segunda Guerra Mundial, y simultáneamente
a la expansión comercial del período,
se advirtió la conveniencia de tender a
la integración económica de los
países para aprovechar las ventajas que
un bloque económico podía presentar
en materia de dimensión de mercados, movimiento
de capitales, aumento de las corrientes comerciales,
disminución de los costos, formación
de recursos humanos, etcétera.
La integración económica es sólo
una fase de un proceso que comienza con la eliminación
gradual de las barreras al intercambio de bienes
y al movimiento de factores productivos, pero
que tiene como destino final la abolición
de toda forma de separación entre las economías
nacionales participantes. Dicho proceso culmina
en una forma de integración que excede
el ámbito económico y que significa
la creación de un marco de institucionalidad
supranacional, con atribuciones también
en materias políticas, jurídicas,
de defensa y sociales. La decisión de integrarse
es inevitable ya sea que sea vista como una oportunidad
de aumentar el bienestar de sus ciudadanos o simplemente
por una cuestión de interés nacional
para poder subsistir en las nuevas condiciones
mundiales.
El más exitoso de dichos intentos ha sido
la Unión Europea, que recientemente ha
llegado a concretar la unidad monetaria y está
en proceso de aprobar una Constitución
única. En los países de América
latina existieron expresiones que alentaban a
la integración ya desde el siglo XIX. Así
por ejemplo, las ideas de unidad de Bolívar
contribuyeron a plantear la posibilidad de una
identidad política subcontinental. Sin
embargo, recién a mediados del siglo XX,
fundamentalmente a partir de los estudios de la
Comisión Económica para América
Latina (Cepal), se comenzó a alentar a
los procesos de integración económica.
Esta actitud se basaba más que en la conciencia
de nuevas oportunidades, en la convicción
de que constituía un mecanismo apto para
resolver las condiciones de desventaja de estos
países (que se los empezó a denominar
"periféricos") frente a los países
"centrales" del mundo desarrollado.
La integración era entonces percibida más
como una necesidad para afrontar las "amenazas"
del capitalismo desarrollado que como una oportunidad
para potenciar las posibilidades de nuestros países.
Posiblemente esta percepción del fenómeno
también haya contribuido a explicar el
lento, contradictorio y errático sendero
por el que han transitado los ensayos realizados.
El Mercosur
El primer intento importante de acuerdo entre
varios países latinoamericanos, y que constituye
el antecedente del Mercosur, fue la suscripción
el 18 de febrero de 1960 del Tratado de Montevideo
que instituyó la Asociación Latinoamericana
de Libre Comercio (Alalc) entre Argentina, Brasil,
Chile, México, Paraguay, Uruguay y Perú.
A pesar de las dificultades y los modestos logros,
de las marchas y contramarchas, la experiencia
(que continuó con la Asociación
Latinoamericana de Integración -Aladi-)
contribuyó a la creación de un mayor
grado de conciencia sobre la necesidad de no tener
una visión "autárquica"
del desarrollo económico nacional.
En 1986 los presidentes de Argentina y Brasil
(Alfonsín y Sarney), firmaron una serie
de acuerdos de cuya aplicación surgió,
en marzo de 1991, el Mercosur instituido por el
Tratado de Asunción que incluyó
también a Uruguay y Paraguay.
Sin embargo, una mirada a la situación
presente aparece como claramente de-
salentadora y los riesgos de fracaso de la iniciativa
se reflejan en el crecimiento de tensiones entre
los países miembro, en particular entre
Argentina y Brasil, ahora presididas por Néstor
Kirchner y Luiz Inácio «Lula»
Da Silva.
En el gráfico I se puede apreciar la evolución
reciente que ha tenido el comercio con países
del Mercosur dentro del total exportado e importado
por Argentina. En dichos porcentajes de participación
se advierte un comportamiento claramente diferenciado
entre las exportaciones y las importaciones. Las
primeras, que representaban a fines de los años
noventa más del treinta por ciento han
decrecido en su participación dentro del
total de exportaciones argentinas niveles cercanos
al veinte por ciento. Mientras que la participación
de las importaciones provenientes de países
del Mercosur que se ubicaba en torno al 25 % del
total importado por Argentina ha crecido a niveles
superiores al 35%. En relación al saldo
del Balance Comercial (la diferencia entre las
exportaciones y las importaciones) con los países
del Mercosur en el gráfico II muestra la
evolución de los últimos años.
Las trabas y errores de la integración
Durante los períodos de gobiernos militares
la principal resistencia a la integración
provenía de las supuestas amenazas para
la seguridad nacional. Las desconfianzas mutuas
y los problemas políticos se explicitaron,
por ejemplo en la relación argentino-brasileña,
en oportunidad de la construcción de la
obra de Itaipú.
Con la consolidación de los regímenes
democráticos parecía que la integración
económica encontraría sus posibilidades
de desarrollo definitivas. La firma del Tratado
de Asunción despertó esperanzadas
expectativas en este sentido. Sin embargo, a catorce
años de su constitución, el Mercosur
ha logrado resultados muy modestos. Mas allá
de los avances, muy resistidos, en lo referido
al Programa de Liberación Comercial, el
bloque no ha logrado una verdadera integración
y las recientes perturbaciones que se observan
en la relación Brasil-Argentina lo demuestran
cabalmente.
Las resistencias ligadas a la "defensa nacional"
han sido reemplazadas por otras que se derivan
de los intereses privados contradictorios. Esos
intereses se han manifestado por ejemplo en la
discusión sobre el nivel del Arancel Externo
Común (el que deben pagar los productos
que ingresan desde fuera del Mercosur) que refleja
las diferencia que existían entre las propuestas
argentinas y uruguayas (bien aperturistas) y las
brasileñas (más proteccionistas).
Los intereses del sector privado y las diferentes
visiones ideológicas han sido, y lo seguirán
siendo, los principales escollos a superar para
lograr la integración. Recientemente la
Unión Industrial de paraguay no ha vacilado
en expresar que las condiciones actuales del Mercosur
"imposibilitan desarrollo" de su país.
Por supuesto que es más débil aun
el grado de compromiso que tienen países
asociados como Bolivia o Chile.
Como resultado de todo ello, el bloque no ha logrado
avanzar en la adopción de una moneda común
ni en acciones de complementación productiva;
siguen las disputas por temas arancelarios, y
la ausencia de una efectiva coordinación
de las políticas macroeconómicas
no sólo impide resolver sino que profundiza
las asimetrías existentes. Ante esta realidad,
en el año 2000 se decidió iniciar
una etapa llamada "relanzamiento del Mercosur"
que tiene como objetivo fundamental el reforzamiento
de la Unión Aduanera.
A todas estas dificultades debe agregarse que
las crisis recurrentes de las economías
nacionales significan un problema adicional que
atenta contra el objetivo de la integración.
En esas circunstancias ha quedado claro que la
"solidaridad latinoamericana" tiene
más de retórica que de compromiso
efectivo. Cada país ha terminado negociando
con los organismos de crédito multilateral
(por ejemplo con el FMI) de manera no sólo
independiente sino inconsulta, y los acuerdos
que se logran tienden a debilitar la posibilidad
de desarrollo del Mercosur. Las presiones de Estados
Unidos para implementar el ALCA (Área de
Libre Comercio de las Américas) tienden
además a debilitar más aún
esas posibilidades. En la lista de los fracasos
debe apuntarse también las demoradas y
estériles negociaciones como bloque con
la Unión Europea.
Adicionalmente a estas cuestiones, la visión
de "integrarse para defenderse" es una
mirada que limita las posibilidades de consolidar
el proceso. ¿Existen chances para el Mercosur
en el futuro? Seguramente que sí. Esas
posibilidades deberán transitar el estrecho
sendero que existe entre las convicciones "ultraliberales"
que por vocación aperturista niegan los
beneficios de la integración, y los discursos
demagógicos de "integraciones nacionalistas"
que terminan protegiendo intereses de monopolios
locales que se benefician con la no-integración.
Para ello hace falta un Estado con real capacidad
y poder de arbitrar entre intereses contradictorios
que han perjudicado los intentos realizados hasta
el presente. En Argentina al menos ello implica
repensar y recrear el Estado y la política.
La historia de logros de la Unión Europea,
y de frustraciones del Mercosur, muestra que los
"sueños" frecuentemente ceden
frente a los intereses, pero también señala
que la integración económica no
sólo es posible sino deseable. Para lograrla
será necesaria una visión más
realista y homogénea de todos los Estados
miembros sobre las ventajas de la integración,
pero también se requerirá mayor
conciencia de los intereses que deben defenderse.
Sólo así el Mercado Común
del Sur puede transformarse de una utopía
necesaria a una utopía posible. Lograrlo
nos permitiría pensar que "el sur
también existe".
(*) Departamento de Economía y
Finanzas. Facultad de Ciencias Económicas. Universidad
Nacional de Córdoba.
|