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Los sentimientos que invaden el espíritu
de las personas al visitar El Panteón,
en París, seguramente difieren en unas
de otras. Hay turistas apresurados, de aún
más apresuradas excursiones, que vuelven
a sus hogares sin recordar con precisión
qué es lo que vieron ni dónde lo
vieron. Habrá a quienes les asombre ver
la cúpula desde la cual Foucault suspendió
el péndulo del experimento con que sorprendió
a todos a mediados del siglo XIX. Pero también
estamos quienes nos hemos conmovido en ese templo
laico porque guarda los restos de los grandes
hombres de Francia. Grandes hombres que
también lo son del mundo todo.
¡Cómo no conmoverse en la galería
este! Allí están, enfrentados y
cercanos, separados solamente por unos pocos metros,
¡Voltaire y Rousseau! Estos magnos pensadores
del siglo XVIII: enfrentados duramente en las
ideas, cercanos en la construcción intelectual
gigantesca que fue la Ilustración. El autor
del Contrato Social y el filósofo
de la tolerancia, adversarios irreconciliables,
yacen juntos bajo un mismo techo.
No importa si la Ilustración inspiró
a la Revolución de 1789 o si la Ilustración
es una creación que la propia
Revolución hace a posteriori. Esa revolución
fue una gesta transformadora de lo político
y liberadora de lo intelectual, que excede el
carácter de francesa y que
influyó en forma determinante en la historia
universal. Porque universales eran sus principios.
Mañana, 30 de mayo, se cumplen 227 años
de la muerte de François Marie Arouet,
más conocido por el seudónimo que
adoptó como parte de la rebelión
contra su padre: Voltaire.
Nació un 21 de noviembre de 1694 en París.
A esa ciudad, de la que tantas veces debió
partir, volvió no sólo a morir sino
a recoger un impresionante reconocimiento del
pueblo que se recuerda como la Coronación
de Voltaire.
En la biografía escrita por Haydn Mason,
la circunstancia de su asistencia a la representación
de su tragedia Irène es descripta
de la siguiente manera: La aplazada aparición
de Voltaire para ver su nueva tragedia contribuyó
a dar todavía más realce al acontecimiento
El ambiente festivo se vio subrayado por una banda
formada por trompetas, tímpanos, oboes
y clarinetes. Un actor le ofreció una corona
de laurel, que Voltaire entregó a la marquesa
de Villette, sentada a su lado, pero luego aceptó
ponérsela en la cabeza
. Era
entonces el 30 de marzo de 1778, en sesenta días
se apagaría la vida de Voltaire.
A pesar de las afirmaciones de muchos autores
católicos, Voltaire no era ateo. Su escepticismo
religioso se integraba a una visión deísta;
una suerte de religión natural
en la cual Dios no puede estar ausente. Es por
ello que afirmó: Si Dios no existiera,
sería necesario inventarlo. Pero
lo que lo transformó en enemigo
de los religiosos fue su alegato permanente en
contra del dogmatismo y de lo que él llamaba
supersticiones.
En el ambiente de profunda intolerancia religiosa
que se generó a partir de la derogación
del edicto de Nantes que permitía la libertad
de cultos, Voltaire escribió su Tratado
sobre la Tolerancia. A partir de aquel momento
le declaró la guerra al Infame,
que no era otra cosa que las religiones organizadas,
en particular la católica de Roma.
Poseedor de un singular talento expositivo y de
una gran capacidad para ridiculizar a sus adversarios,
Voltaire atacó duramente a los clérigos
y sus costumbres. En su ensayo sobre la tolerancia
expresó: La superstición es
a la religión lo que la astrología
a la astronomía. La hija loca de una madre
cuerda. Estas dos hijas han sojuzgado a toda la
tierra durante largo tiempo.
Su crítica visión de las religiones
organizadas se refleja en su aseveración
de que
tenemos suficiente religión
para odiar y perseguir y no la tenemos en cambio
para amar y socorrer a los demás.
La vida de Voltaire es un ejemplo de la lucha
de un hombre que abogó siempre por la independencia
intelectual, por la tolerancia ideológica
y por la libertad religiosa. Confiaba en la razón,
aunque no estuviera impregnado del exagerado optimismo
de otros miembros de la Ilustración, para
demoler el dogmatismo y derrotar a la ignorancia.
No se privó tampoco de denunciar en sus
obras los abusos e injusticias del régimen
político y estas actitudes le valieron
frecuentes persecuciones.
Encerrado once meses en La Bastilla cuando tenía
sólo 23 años, desterrado de Francia,
criticado y anatematizado por la Iglesia, perseguido
y expulsado por los religiosos conservadores de
Ginebra, Voltaire fue el paradigma del enemigo
de la hipocresía y de la victima del oscurantismo.
No fue un revolucionario, creía que las
limitaciones parlamentarias a los poderes del
rey eran la forma de garantizar la libertad y
el bienestar de los hombres. Friedrich Nietzsche
le dedicó a Voltaire, en el centenario
de su muerte, su libro «Humano, demasiado
humano. Un libro para espíritus libres»
(1878), y allí pudo decir de él
que Fue también una de las últimas
personas que consiguió reunir en su alma
la máxima libertad de espíritu con
unas ideas no revolucionarias en modo alguno,
sin demostrar inconsecuencia ni cobardía.
Pero la Revolución consagró muchas
de sus ideas para siempre. El espíritu
volteriano no es otra cosa que la defensa
de la libertad intelectual, la diversidad ideológica
y la tolerancia religiosa.
El 11 de julio de 1791, París le rindió
un nuevo homenaje. La Asamblea Nacional había
decretado que Voltaire merecía
los honores debidos a los grandes hombres
y una impresionante procesión acompañó
el traslado de sus restos hasta el Panteón
donde hoy nos conmovemos. Se inscribió
entonces a manera de epitafio: Combatió
a los ateos y a los fanáticos. Inspiró
la tolerancia
.
No se puede concebir una sociedad civilizada,
de hombres libres si los espíritus están
esclavizados por el prejuicio, el dogma, o la
ignorancia. A más de dos siglos de su muerte,
Voltaire también nos permite (o mejor sería
decir: nos exige) reflexionar sobre nuestra realidad.
Entre los muchos vicios que nuestra sociedad exhibe
hoy, la intolerancia se destaca nítidamente.
Una mirada sobre los rasgos de intolerancia del
mundo de nuestros días no podría
ser más desalentadora. Racismo, xenofobia,
homofobia, integrismo, totalitarismos, fundamentalismos
ideológicos y religiosos son algunas de
las manifestaciones de cómo cotidianamente
se vulnera desde la intolerancia la condición
humana.
En nombre de la libertad, de Dios y de los hombres
se han cometido, y se siguen cometiendo, crímenes
terribles. La intolerancia denota muchas veces
un temor a lo diferente que, además de
ignorancia, lleva implícito un profundo
complejo de inferioridad, una terrible cobardía
y un espíritu dominado por el miedo.
Nuestra querida Argentina, con algunos rasgos
que le son propios, no tiene una realidad diferente.
Muchos síntomas muestran que parece anclada
a conductas preñadas de prejuicios y dogmas.
Somos intolerantes en el trabajo, en el deporte,
en la política, en la educación
y por supuesto en la religión.
Católicos que no toleran expresiones artísticas
que ofenden sus creencias, curas que ven en los
homosexuales la obra de Satán, gobernantes
que no toleran el disenso, ciudadanos que no toleran
decisiones judiciales que no comparten, jueces
que no toleran críticas a sus fallos, y
así podríamos seguir enumerando
conductas que encierran una alta dosis de comportamiento
antidemocrático. La intolerancia es un
complejo que vulnera y agravia los derechos humanos.
Entre esas conductas están también
las discusiones entre adversarios políticos
en que el agravio parece destinado a desviar la
atención para que no se advierta la ineficacia,
la ineptitud. Degradar el debate político,
con bromas o groserías, es un rasgo no
sólo de ignorancia y vulgaridad sino también
una forma de disfrazar la intolerancia política.
La descalificación de quien piensa diferente,
es el instrumento frecuentemente utilizado por
los totalitarios porque no tienen razones para
fundamentar sus ideas o sus acciones.
¡Qué lejos que están esos
comportamientos de la afirmación atribuida
a Voltaire: Estoy en desacuerdo con tus
ideas, pero estoy dispuesto a luchar para que
puedas expresarlas!
La intolerancia que impide debatir, impide también
razonar y contribuye a que cotidianamente nos
vayamos acostumbrando a la discriminación,
a la exclusión, a vulnerar los derechos
de otro si de defender los propios se trata, a
pensar que la solidaridad no es un requisito del
espíritu humano.
Probablemente por el peso de la crisis económica,
hay preocupantes síntomas de que nuestro
país parece involucionar en este sentido.
Deberíamos comprender que la tolerancia
es una condición sine qua non
de la cultura democrática, sin la cual
no hay construcción de una sociedad moderna
que sea posible.
¿Estaremos en camino a una sociedad que
no está dispuesta a tolerar ni siquiera
la tolerancia porque ella se confunde con debilidad?
Sería tan triste ese destino que, aun a
riesgo de emular al Cándido de Voltaire,
hagamos un esfuerzo para mantener viva (si aun
lo está) la esperanza de que la razón
termine demoliendo a la intolerancia.
(*): Profesor de Historia del Pensamiento
y Análisis Económico. Departamento de Economía
y Finanzas. Facultad de Ciencias Económicas. Universidad
Nacional de Córdoba.

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