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Lun : 13 Jun : 2005
 
 
 
 
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ARGENTINA
Los cambios en las preferencias políticas
En este país, la experiencia histórica parece indicar que la "fidelidad" hacia los gobernantes es cada vez menor, y la volatilidad de la opinión de los ciudadanos sobre aquellos que en un momento captaron sus preferencias es muy fuerte.
Alfredo Felix Blanco - Especial para LA MAÑANA
Por ello, un príncipe hábil debe hallar la manera por la cual sus ciudadanos siempre y en toda ocasión tengan necesidad del Estado y de él. Y así le serán siempre fieles».
Con estas palabras concluía Maquiavelo el capítulo noveno de “El Príncipe”; el libro por el cual, quizás injustamente, se lo recuerda solamente como el intelectual que independizó a la política de la moral. Pero más allá del debate de los historiadores sobre los méritos y defectos del pensador italiano, pocas dudas caben que la aludida expresión representa fielmente una de las preocupaciones que desvelan a quienes acceden al poder.
En la Argentina la experiencia histórica parece indicar que la “fidelidad” hacia los gobernantes es cada vez menor, y la volatilidad de la opinión de los ciudadanos sobre aquellos que en un momento captaron sus preferencias es muy fuerte.
Las sucesivas crisis económicas del país seguramente han contribuido a desarrollar este rasgo de la conducta social de los argentinos, y tomar debida nota de ello debería llevar a los gobernantes a ser más prudentes a la hora de pensar en su futuro político. Por estas razones, y habida cuenta de la seguridad que parece tener el Gobierno nacional sobre el resultado electoral del próximo mes de octubre, es interesante formular algunas reflexiones sobre esta “volatilidad” de la opinión de la sociedad argentina en relación a sus gobiernos. Existen pocas dudas hoy, a casi cinco meses de su realización, que Kirchner obtendrá un triunfo importante en las próximas elecciones legislativas y parecería que las principales cuestiones a resolver por el Gobierno son entonces las “internas” que se plantean en el seno del partido gobernante. Naturalmente esta sensación de éxito seguro del justicialismo explica también la beligerancia interna de sus sectores que endurecen sus posiciones por espacios de poder, ante la ausencia de una competencia efectiva con los partidos de oposición.
Frente a este escenario de hegemonía política, estas reflexiones no apuntan a plantear dudas sobre el resultado de las elecciones de este año. Su objetivo es más bien señalar la necesidad de tener presente que muchas opiniones reflejadas en “plebiscitos” anteriores (como le gusta pensar las elecciones a los gobiernos cuando se sienten seguros) fueron muy poco perdurables en el tiempo. Quizás el ejemplo que muestra más crudamente la “volatilidad” de la imagen de un presidente es el de Carlos Menem. Aunque muchos sectores de nuestra sociedad se esmeran en no recordarlo, Menem disfrutó durante buena parte de su gobierno de una imagen muy positiva. Y fue esa circunstancia, unida a la reforma constitucional, la que permitió su reelección en 1995.
El reconocido economista Juan Carlos De Pablo, comenzaba hace diez años una nota sobre la economía argentina con el siguiente párrafo: El domingo próximo, exactamente 6 años después de haber sido electo presidente, Carlos Saúl Menem ganará las elecciones presidenciales, continuando al frente del Poder Ejecutivo hasta 1999…” (Contexto, mayo 9, 1995).
En julio de 1989 Menem había asumido anticipadamente la Presidencia de la Nación luego de derrotar a Eduardo Angeloz con el 49 por ciento de los votos y tal como lo anticipaba De Pablo, el 14 de mayo de 1995 los argentinos lo reeligieron al otorgar a la fórmula Menem-Ruckauf un 50 por ciento de los votos, seguida por Bordón-Alvarez con aproximadamente un 30 por ciento. Fue tan buena la elección para el peronismo que obtuvo también la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados de la Nación. La generalidad de los argentinos, muchos de los cuales habían aplaudido el enjuiciamiento de los máximos culpables de la represión ilegal durante la dictadura, no castigó a aquel presidente que indultó a los responsables de aquellos episodios. Tampoco fue un obstáculo para la reelección la creciente sensación de corrupción en los niveles de gobierno. El “roba pero hace” parecía ser la racionalización del apoyo ciudadano que se reflejó en las urnas. No caben dudas que la imagen positiva de aquel gobierno estaba asociada a la conformidad de los argentinos con la política económica menemista, a pesar de que a fines del año anterior la crisis de México conocida como “efecto tequila” ya afectaba a la economía argentina. La ley de convertibilidad había generado un fuerte consenso, como asimismo las medidas de desregulación y la privatización de empresas públicas inspiradas en el paradigma neoliberal vigente. El programa económico tuvo un gran éxito en materia de estabilidad de precios y crecimiento del producto bruto; los costos en términos de desempleo, el gradual atraso cambiario, la imprudencia fiscal del Gobierno y el crecimiento de los niveles de la deuda no eran ni querían ser vistos por la sociedad argentina. Así planteadas las cosas, los efectos de la crisis de México terminaron ayudando electoralmente al gobierno. La idea de que la alternativa era votar por Menem y la estabilidad o contra Menem y contra la estabilidad, determinó que muchos argentinos optaran por lo que en su momento se llamó el “voto-cuota”. Es decir que expresaron electoralmente su convicción sobre la necesidad de que se sostuviera la convertibilidad y el nivel de estabilidad monetaria alcanzado. Menem había logrado concretar el consejo de Maquiavelo: que los ciudadanos argentinos tuvieran necesidad de él. En octubre de 1994 la tasa de desempleo (12.1%) ya había crecido casi un cincuenta por ciento en relación a mayo de 1989 (8.2%) y en mayo de 1995 alcanzaría el nivel máximo de la década del noventa (18.4%). Sin embargo, y “Pacto de Olivos” mediante, la reelección mostraba el apoyo de la sociedad al gobierno y a su política. La imagen de Menem parecía invulnerable y en el discurso de asunción de su segundo mandato el “plebiscitado presidente” anunció que iba a “aniquilar el desempleo”.
Seguramente, hace exactamente una década, el reelegido presidente debía sentirse tan seguro de su futuro político como hoy parece sentirse Kirchner. Sin embargo poco tiempo después, en 1997, Menem se iba a enfrentar con el carácter cambiante de la opinión pública argentina y en las elecciones parlamentarias de aquel año el peronismo perdió por primera vez en su historia una elección siendo gobierno.
La Alianza, constituida apenas ochenta días antes de aquella elección, aparecía ahora como la destinataria de las nuevas preferencias de la mayoría. El deseo de votar, y castigar al gobierno, fue de tal magnitud que se produjo un récord de participación: un ochenta y tres por ciento de los habilitados concurrieron a votar. A pesar de ser una elección para cargos parlamentarios, el porcentaje de participación fue equivalente al registrado en la reelección de Menem. Un dato emblemático fue lo ocurrido en Buenos Aires, donde la nueva figura de la política Graciela Fernández Meijide (¿alguien la recuerda aún?) derrotó claramente a “Chiche” Duhalde, y la Alianza aventajó por alrededor de nueve puntos al peronismo en este distrito.
Si bien el gobierno esperaba una elección difícil, no había percibido aún que la imagen se había volatilizado. Cavallo había renunciado en agosto de 1996 y su reemplazante Roque Fernández dijo, la semana anterior a las elecciones, que la Alianza era sólo “un fenómeno periodístico”. Conocido el resultado, el jefe de Gabinete de Menem, Jorge Rodríguez, ensayó una explicación curiosa al afirmar que “El pueblo argentino ha consolidado al justicialismo y también a la oposición…” (?!)
Al día siguiente Eduardo Van Der Kooy, de la redacción de Clarín, comenzaba su análisis diciendo: “No fue sólo una ola, fue una marea… ” . Y aquella marea no era otra cosa que el anticipo de la derrota del justicialismo a manos de la Alianza en las elecciones presidenciales de 1999.
¿Qué ocurrió con el apoyo de los ciudadanos que permitió la reelección de Menem? Seguramente un conjunto de causas contribuyen a explicar su desvanecimiento, pero el estancamiento, la recesión económica y la persistencia de las elevadas tasas de desempleo que caracterizaron a la Argentina a partir de 1998 son seguramente ingredientes que no pueden ignorarse en esa explicación. Tampoco puede ignorarse que el descalabro económico fue la base material sobre la que se ha asentado la crisis de representación y de los partidos políticos que sobrevino algunos años después y de la cual Argentina no termina aún de recuperarse. De la Rúa llegó al gobierno con un 48.4 por ciento de los votos obtenidos el 24 de octubre de 1999. Dos años después, en las elecciones parlamentarias del 14 de octubre de 2001, la derrota del gobierno aceleró un proceso de descomposición que culminó no sólo con la renuncia del presidente sino con una crisis política sin precedentes.
Al triunfo del justicialismo en 17 de los 24 distritos electorales, había que sumar ya el descreimiento de los argentinos que se reflejaba en un dato muy preocupante para el sistema político. Si se le sumaba al ausentismo el porcentaje de votos en blanco y nulos, se concluía que el 41 por ciento de los ciudadanos habían decidido no participar con un voto positivo en esas elecciones.
Al día siguiente de aquella derrota De la Rúa tomó un avión a Valladolid, lo cual, visto desde el presente, parece haber sido un presagio de lo que sería el final de su gestión en diciembre de aquel año.
De la formidable crisis político-institucional de 2001 surgió una transición que desembocó en que el siguiente presidente elegido por voto popular fuera Kirchner. El 27 de abril del año 2003 la fórmula Menem-Romero ganaba la primera vuelta con casi un 25 por ciento de los votos. Un porcentaje que era sólo la mitad de aquel con que la sociedad argentina había premiado a Menem en las anteriores oportunidades y además se percibía que, en la segunda vuelta, sería derrotado. La renuncia a presentarse a la nueva instancia electoral, llevó a la proclamación de la fórmula Kirchner-Scioli que había obtenido un magro 22 por ciento de los sufragios. Las cambiantes preferencias de los argentinos se expresan nuevamente en el hecho de que el actual presidente, que surgió de aquel 22 por ciento de votos, haya acumulado un nivel de adhesión que hace previsible un holgado triunfo electoral en el próximo mes de octubre.
Este breve ejercicio de memoria nos lleva inexorablemente al interrogante sobre la perdurabilidad que tendrá ese nivel de adhesión. Si el carácter cambiante de los argentinos tiene en la evolución de la economía una de sus causas, el gobierno debería cuidar que la misma mantenga un comportamiento razonablemente bueno, pero también advertir que el apoyo no es para siempre. Si la recuperación económica no resulta sustentable, muchos de los que alguna vez votaron a Alfonsín y después lo abandonaron por Menem, de los que idolatraron a Menem y más tarde lo castigaron desde la Alianza, de los que renegaron luego de la Alianza y se aferraron a la esperanza de la “nueva política” de Kirchner; en fin, la mayoría de los cambiantes argentinos pueden volver a variar sus preferencias. Y esos cambios, que suelen ser bruscos, no son nada agradables para quien tiene aquella preocupación de lograr la “fidelidad” de los ciudadanos.
Pero lo más grave puede ser el costo en términos de desesperanza, y las lesiones morales y materiales que se infringe a la posibilidad de construir una sociedad democrática y progresista.




 
 


 
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