|
|
|
| |
| ARGENTINA |
 |
| Los cambios en las preferencias
políticas |
 |
| En este país, la experiencia histórica
parece indicar que la "fidelidad" hacia los gobernantes
es cada vez menor, y la volatilidad de la opinión
de los ciudadanos sobre aquellos que en un momento
captaron sus preferencias es muy fuerte. |
 |
| Alfredo Felix Blanco - Especial
para LA MAÑANA |
|
 |
Por ello, un príncipe hábil
debe hallar la manera por la cual sus ciudadanos
siempre y en toda ocasión tengan necesidad
del Estado y de él. Y así le serán
siempre fieles».
Con estas palabras concluía Maquiavelo el
capítulo noveno de El Príncipe;
el libro por el cual, quizás injustamente,
se lo recuerda solamente como el intelectual que
independizó a la política de la moral.
Pero más allá del debate de los historiadores
sobre los méritos y defectos del pensador
italiano, pocas dudas caben que la aludida expresión
representa fielmente una de las preocupaciones que
desvelan a quienes acceden al poder.
En la Argentina la experiencia histórica
parece indicar que la fidelidad hacia
los gobernantes es cada vez menor, y la volatilidad
de la opinión de los ciudadanos sobre aquellos
que en un momento captaron sus preferencias es muy
fuerte.
Las sucesivas crisis económicas del país
seguramente han contribuido a desarrollar este rasgo
de la conducta social de los argentinos, y tomar
debida nota de ello debería llevar a los
gobernantes a ser más prudentes a la hora
de pensar en su futuro político. Por estas
razones, y habida cuenta de la seguridad que parece
tener el Gobierno nacional sobre el resultado electoral
del próximo mes de octubre, es interesante
formular algunas reflexiones sobre esta volatilidad
de la opinión de la sociedad argentina en
relación a sus gobiernos. Existen pocas dudas
hoy, a casi cinco meses de su realización,
que Kirchner obtendrá un triunfo importante
en las próximas elecciones legislativas y
parecería que las principales cuestiones
a resolver por el Gobierno son entonces las internas
que se plantean en el seno del partido gobernante.
Naturalmente esta sensación de éxito
seguro del justicialismo explica también
la beligerancia interna de sus sectores que endurecen
sus posiciones por espacios de poder, ante la ausencia
de una competencia efectiva con los partidos de
oposición.
Frente a este escenario de hegemonía política,
estas reflexiones no apuntan a plantear dudas sobre
el resultado de las elecciones de este año.
Su objetivo es más bien señalar la
necesidad de tener presente que muchas opiniones
reflejadas en plebiscitos anteriores
(como le gusta pensar las elecciones a los gobiernos
cuando se sienten seguros) fueron muy poco perdurables
en el tiempo. Quizás el ejemplo que muestra
más crudamente la volatilidad
de la imagen de un presidente es el de Carlos Menem.
Aunque muchos sectores de nuestra sociedad se esmeran
en no recordarlo, Menem disfrutó durante
buena parte de su gobierno de una imagen muy positiva.
Y fue esa circunstancia, unida a la reforma constitucional,
la que permitió su reelección en 1995.
El reconocido economista Juan Carlos De Pablo, comenzaba
hace diez años una nota sobre la economía
argentina con el siguiente párrafo: El domingo
próximo, exactamente 6 años después
de haber sido electo presidente, Carlos Saúl
Menem ganará las elecciones presidenciales,
continuando al frente del Poder Ejecutivo hasta
1999
(Contexto, mayo 9, 1995).
En julio de 1989 Menem había asumido anticipadamente
la Presidencia de la Nación luego de derrotar
a Eduardo Angeloz con el 49 por ciento de los votos
y tal como lo anticipaba De Pablo, el 14 de mayo
de 1995 los argentinos lo reeligieron al otorgar
a la fórmula Menem-Ruckauf un 50 por ciento
de los votos, seguida por Bordón-Alvarez
con aproximadamente un 30 por ciento. Fue tan buena
la elección para el peronismo que obtuvo
también la mayoría absoluta en la
Cámara de Diputados de la Nación.
La generalidad de los argentinos, muchos de los
cuales habían aplaudido el enjuiciamiento
de los máximos culpables de la represión
ilegal durante la dictadura, no castigó a
aquel presidente que indultó a los responsables
de aquellos episodios. Tampoco fue un obstáculo
para la reelección la creciente sensación
de corrupción en los niveles de gobierno.
El roba pero hace parecía ser
la racionalización del apoyo ciudadano que
se reflejó en las urnas. No caben dudas que
la imagen positiva de aquel gobierno estaba asociada
a la conformidad de los argentinos con la política
económica menemista, a pesar de que a fines
del año anterior la crisis de México
conocida como efecto tequila ya afectaba
a la economía argentina. La ley de convertibilidad
había generado un fuerte consenso, como asimismo
las medidas de desregulación y la privatización
de empresas públicas inspiradas en el paradigma
neoliberal vigente. El programa económico
tuvo un gran éxito en materia de estabilidad
de precios y crecimiento del producto bruto; los
costos en términos de desempleo, el gradual
atraso cambiario, la imprudencia fiscal del Gobierno
y el crecimiento de los niveles de la deuda no eran
ni querían ser vistos por la sociedad argentina.
Así planteadas las cosas, los efectos de
la crisis de México terminaron ayudando electoralmente
al gobierno. La idea de que la alternativa era votar
por Menem y la estabilidad o contra Menem y contra
la estabilidad, determinó que muchos argentinos
optaran por lo que en su momento se llamó
el voto-cuota. Es decir que expresaron
electoralmente su convicción sobre la necesidad
de que se sostuviera la convertibilidad y el nivel
de estabilidad monetaria alcanzado. Menem había
logrado concretar el consejo de Maquiavelo: que
los ciudadanos argentinos tuvieran necesidad de
él. En octubre de 1994 la tasa de desempleo
(12.1%) ya había crecido casi un cincuenta
por ciento en relación a mayo de 1989 (8.2%)
y en mayo de 1995 alcanzaría el nivel máximo
de la década del noventa (18.4%). Sin embargo,
y Pacto de Olivos mediante, la reelección
mostraba el apoyo de la sociedad al gobierno y a
su política. La imagen de Menem parecía
invulnerable y en el discurso de asunción
de su segundo mandato el plebiscitado presidente
anunció que iba a aniquilar el desempleo.
Seguramente, hace exactamente una década,
el reelegido presidente debía sentirse tan
seguro de su futuro político como hoy parece
sentirse Kirchner. Sin embargo poco tiempo después,
en 1997, Menem se iba a enfrentar con el carácter
cambiante de la opinión pública argentina
y en las elecciones parlamentarias de aquel año
el peronismo perdió por primera vez en su
historia una elección siendo gobierno.
La Alianza, constituida apenas ochenta días
antes de aquella elección, aparecía
ahora como la destinataria de las nuevas preferencias
de la mayoría. El deseo de votar, y castigar
al gobierno, fue de tal magnitud que se produjo
un récord de participación: un ochenta
y tres por ciento de los habilitados concurrieron
a votar. A pesar de ser una elección para
cargos parlamentarios, el porcentaje de participación
fue equivalente al registrado en la reelección
de Menem. Un dato emblemático fue lo ocurrido
en Buenos Aires, donde la nueva figura de la política
Graciela Fernández Meijide (¿alguien
la recuerda aún?) derrotó claramente
a Chiche Duhalde, y la Alianza aventajó
por alrededor de nueve puntos al peronismo en este
distrito.
Si bien el gobierno esperaba una elección
difícil, no había percibido aún
que la imagen se había volatilizado. Cavallo
había renunciado en agosto de 1996 y su reemplazante
Roque Fernández dijo, la semana anterior
a las elecciones, que la Alianza era sólo
un fenómeno periodístico.
Conocido el resultado, el jefe de Gabinete de Menem,
Jorge Rodríguez, ensayó una explicación
curiosa al afirmar que El pueblo argentino
ha consolidado al justicialismo y también
a la oposición
(?!)
Al día siguiente Eduardo Van Der Kooy, de
la redacción de Clarín, comenzaba
su análisis diciendo: No fue sólo
una ola, fue una marea
. Y aquella
marea no era otra cosa que el anticipo de la derrota
del justicialismo a manos de la Alianza en las elecciones
presidenciales de 1999.
¿Qué ocurrió con el apoyo de
los ciudadanos que permitió la reelección
de Menem? Seguramente un conjunto de causas contribuyen
a explicar su desvanecimiento, pero el estancamiento,
la recesión económica y la persistencia
de las elevadas tasas de desempleo que caracterizaron
a la Argentina a partir de 1998 son seguramente
ingredientes que no pueden ignorarse en esa explicación.
Tampoco puede ignorarse que el descalabro económico
fue la base material sobre la que se ha asentado
la crisis de representación y de los partidos
políticos que sobrevino algunos años
después y de la cual Argentina no termina
aún de recuperarse. De la Rúa llegó
al gobierno con un 48.4 por ciento de los votos
obtenidos el 24 de octubre de 1999. Dos años
después, en las elecciones parlamentarias
del 14 de octubre de 2001, la derrota del gobierno
aceleró un proceso de descomposición
que culminó no sólo con la renuncia
del presidente sino con una crisis política
sin precedentes.
Al triunfo del justicialismo en 17 de los 24 distritos
electorales, había que sumar ya el descreimiento
de los argentinos que se reflejaba en un dato muy
preocupante para el sistema político. Si
se le sumaba al ausentismo el porcentaje de votos
en blanco y nulos, se concluía que el 41
por ciento de los ciudadanos habían decidido
no participar con un voto positivo en esas elecciones.
Al día siguiente de aquella derrota De la
Rúa tomó un avión a Valladolid,
lo cual, visto desde el presente, parece haber sido
un presagio de lo que sería el final de su
gestión en diciembre de aquel año.
De la formidable crisis político-institucional
de 2001 surgió una transición que
desembocó en que el siguiente presidente
elegido por voto popular fuera Kirchner. El 27 de
abril del año 2003 la fórmula Menem-Romero
ganaba la primera vuelta con casi un 25 por ciento
de los votos. Un porcentaje que era sólo
la mitad de aquel con que la sociedad argentina
había premiado a Menem en las anteriores
oportunidades y además se percibía
que, en la segunda vuelta, sería derrotado.
La renuncia a presentarse a la nueva instancia electoral,
llevó a la proclamación de la fórmula
Kirchner-Scioli que había obtenido un magro
22 por ciento de los sufragios. Las cambiantes preferencias
de los argentinos se expresan nuevamente en el hecho
de que el actual presidente, que surgió de
aquel 22 por ciento de votos, haya acumulado un
nivel de adhesión que hace previsible un
holgado triunfo electoral en el próximo mes
de octubre.
Este breve ejercicio de memoria nos lleva inexorablemente
al interrogante sobre la perdurabilidad que tendrá
ese nivel de adhesión. Si el carácter
cambiante de los argentinos tiene en la evolución
de la economía una de sus causas, el gobierno
debería cuidar que la misma mantenga un comportamiento
razonablemente bueno, pero también advertir
que el apoyo no es para siempre. Si la recuperación
económica no resulta sustentable, muchos
de los que alguna vez votaron a Alfonsín
y después lo abandonaron por Menem, de los
que idolatraron a Menem y más tarde lo castigaron
desde la Alianza, de los que renegaron luego de
la Alianza y se aferraron a la esperanza de la nueva
política de Kirchner; en fin, la mayoría
de los cambiantes argentinos pueden volver a variar
sus preferencias. Y esos cambios, que suelen ser
bruscos, no son nada agradables para quien tiene
aquella preocupación de lograr la fidelidad
de los ciudadanos.
Pero lo más grave puede ser el costo en términos
de desesperanza, y las lesiones morales y materiales
que se infringe a la posibilidad de construir una
sociedad democrática y progresista. |
 |
|
|
|
|
|