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Lun : 15 Ago : 2005
 
 
 
 
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REBELION EN LA GRANJA
Kirchner
De la impotencia a la omnipotencia
 
La diversidad de lo igual o la identidad de lo diverso son las dos puntas entre los que se debate la concepción ideológica del actual Presidente. Junta desde piqueteros con discursos contestatarios hasta confesos peronistas ortodoxos con el magnetismo del superávit fiscal.
Alfredo Blanco - Especial para LA MAÑANA
Impotencia probablemente sea la palabra que mejor definía la situación de Kirchner en su intento por llegar a la presidencia de la Nación antes de lograr el “padrinazgo” político de Duhalde. El apoyo de éste, que controlaba el aparato del PJ bonaerense, y la “ingeniería” implementada para evitar que en una interna surgiera Menem como candidato peronista, le abrieron el camino hacia la Casa Rosada al hasta entonces ignoto gobernador de una provincia de menos de 200 mil habitantes
Con los votos “prestados” por el “duhaldismo”, y sospechado de ser sólo un títere, sus actitudes tendientes a construir poder político propio aparecían muy justificadas. Además en el peronismo, nacido como fuerza política al calor del Estado, era razonable esperar que quien ejercía el Gobierno nacional intentaría su control absoluto y hegemónico. Para lograrlo, el proyecto “kirchnerista” no ha mostrado tener demasiados escrúpulos, ni ideológicos ni morales.
Desde piqueteros con discursos contestatarios para con el sistema hasta peronistas ortodoxos que daban la vida por Duhalde (obviamente en el mismo sentido figurado que antes la daban por Perón), han declarado su adhesión a Kirchner seducidos por el irresistible atractivo que a su personalidad le otorga el superávit fiscal. La Tesorería de la Nación se convierte una vez más en el argumento más eficaz para aglutinar voluntades de cara a un proceso electoral.
Desde la tribuna, aunque la ley establece que aún no puede haber campaña, el Presidente arenga a sus seguidores diciendo: “Estamos construyendo una nueva Argentina”, o “No lograrán los nostálgicos del pasado que volvamos al fracaso”. En un acto de curiosa complicidad nadie parece advertir que sus nuevos aliados contribuyeron significativamente a construir la “vieja” Argentina y que, aunque nieguen la nostalgia, no pueden negar el pasado. Durante catorce de los casi veinte años de democracia transcurridos desde 1983 el país fue gobernado por el justicialismo en el que tan entusiastamente forjó sus convicciones y militó desde joven el actual presidente de la Nación.
La práctica de acumular poder desde el poder, haciendo uso de recursos económicos no es sólo una cuestión ligada a la conducta de los dirigentes. La demagogia, que es capaz de reducir al ciudadano a la condición de “cliente”, necesita una sociedad dispuesta a aceptar tales experiencias. Por supuesto que las condiciones de necesidad económica facilitan el éxito de esas prácticas políticas y la situación de creciente exclusión social de Argentina retroalimenta extraordinariamente sus posibilidades.
Con financiamiento garantizado, “kirchneristas de paladar negro”, “duhaldistas reciclados”, “menemistas con amnesia”, “radicales travestidos”, piqueteros con fueros y sin ellos, transversales (si es que ello define algo), setentistas envejecidos, impugnadores varios (ya asimilados) del sistema y autodefinidos “progresistas” forman parte, entre otros, de la base del “proyecto” de Kirchner. Proyecto que no es otro que el tránsito desde impotencia desde la que partió hacia la omnipotencia a la que pretende acceder.
La falta de unidad ideológica de la “nueva política”, lejos de significar una debilidad, es una fortaleza electoral que le permite acumular cuantitativamente en un amplio espectro; aunque deban disimularse las quejas de algunos que ven cómo sus adversarios de ayer son sus socios de hoy, sin haber cambiado su manera de pensar. En eso no caben dudas sobre la matriz peronista del intento.
Perón fue capaz de aglutinar a fascistas confesos con marxistas criollos o a conservadores recalcitrantes con admiradores del Che Guevara. Ese resultado no fue solamente consecuencia de su indiscutible talento político y de conducción, sino también porque la amplitud ideológica del movimiento que fundó fue tan vasta como exiguas fueron sus convicciones democráticas. “Al enemigo ni justicia” puede transformarse en una forma de no tenerlos.
En la actualidad, con una oposición política fuertemente fragmentada, desorientada y prácticamente ignorada por el conjunto de la ciudadanía, la batalla por el poder ha pasado a ser la batalla dentro del campo político del peronismo. El requisito para poder unir expresiones tan diversas como las que cobija el “kirchnerismo” es presentar siempre un enemigo que, aunque pueda ser difuso, concentre las energías del campo propio. El Fondo Monetario en algún momento, la “vieja política” en otro o la “mafia” duhaldista hoy, son los enemigos que permiten superar las profundas diferencias que tienen quienes habitan ese espacio. En rigor no es necesario ni siquiera que el enemigo sea real, sólo es necesario hacer que se perciba como tal.
El clientelismo, la “compra” de dirigentes y la demagogia para los dirigidos pasan a ser instrumentos esenciales de este proceso. No debe esperarse un debate serio en esta campaña (¿alguna vez lo hubo?), no se discute de proyectos para la Nación, se confronta sin ideas, sólo con palabras. Los altisonantes discursos carecen de pensamientos, y se verifica una vez más la exactitud de la definición de Abraham Lincoln cuando sentenció que: “La demagogia es la capacidad de vestir las ideas menores con palabras mayores”.
El escenario económico parece ayudar al Presidente para buscar mayores dosis de poder, no sólo por la holgura fiscal que permite “atender” demandas sino porque la crisis del 2001 aún está presente. Los argentinos legítimamente esperan no volver a transitar momentos como aquellos y, por consiguiente, parecen dispuestos a acompañar al Presidente, aunque la “pelea” de caudillos la consideren negativa y ya los haya cansado.
Es por ello que este año es tan importante para el Gobierno nacional, y las elecciones de octubre son una prueba para legitimar su mandato, ahora con votos “propios”. La renovación de un tercio del Senado y de la mitad de la Cámara de Diputados de la Nación será un claro indicador del nivel de apoyo con que cuenta el Presidente. Sin embargo, la apuesta fuerte de convocar a “plebiscitar” la gestión puede tener algunos tropiezos, aunque hoy parezca temerario afirmarlo.
En la historia argentina las elecciones legislativas a mitad de mandatos presidenciales siempre han sido favorables al gobierno (con excepción de las de 1997 y de 2001) pero en este caso se dará la particularidad de que parte de la base con que llegó Kirchner a la presidencia será su “enemigo” en el principal distrito electoral del país.
Los esfuerzos por instalarse en el conurbano tienen entonces una clara explicación cuantitativa, por el porcentaje de electores que allí viven, y parece que a la hora de obtener votos no hay prejuicios para aplicar las tácticas “duhaldistas” de la vieja política.
Si en las elecciones de octubre se reflejará la presencia (significativa) de una oposición “no peronista” al gobierno, probablemente el Congreso Nacional podría recuperar un rol importante que hoy no tiene. Una oposición responsable, que se ejerza constructivamente, no sólo aportaría un mayor equilibrio institucional sino que permitiría pensar en verdaderas políticas de estado para una etapa tan compleja como la que atraviesa el país.
Si el escenario termina siendo simplemente la disputa encarnizada por el control político dentro del peronismo, sea cual sea el resultado, el futuro puede no ser saludable para Argentina. El avance de un partido que abarca gobierno y oposición terminará afectando no sólo a la calidad institucional sino a la democracia misma. Una (improbable) derrota del Presidente a manos de Duhalde generaría un nivel de inestabilidad y confrontación de resultados impredecibles.
Un triunfo arrasador de Kirchner no parece tampoco una hipótesis muy factible. Aunque el Presidente gane en Buenos Aires, que ya es casi como ganar en todo el país, el “duhaldismo” aparecerá como una oposición significativa y, no obstante lo compleja que va a ser la lectura de los resultados por las alianzas cruzadas en distintas provincias, el Gobierno deberá apelar a muchos recursos mediáticos para presentarlo como un plebiscito ganado.
Que Kirchner no surja como vencedor absoluto de las elecciones de octubre puede ser saludable, porque la pregunta relevante es ¿cuál es el rédito que tiene para Argentina este enfrentamiento de “caudillos”?
Si se acepta el razonamiento de que el aparato del PJ bonaerense es una organización mafiosa, un triunfo de Kirchner ¿no sería la sucesión de Vito a Michael Corleone del libreto de Coppola que recordó recientemente la señora del Presidente?
No es saludable desde ningún punto de vista que la sociedad argentina acepte que los debates sean meros actos de ataque y descalificación entre los principales protagonistas. En medio de tantas agresiones, afortunadamente por ahora sólo verbales, la intensidad de los gritos sustituye a la profundidad de las ideas… y a la existencia misma de ideas.
La campaña se transforma entonces en una sucesión de ruidos que impiden la comprensión; pero esto es algo deliberado porque finalmente los contendientes son en esencia lo mismo aunque traten de negarlo.
Aunque se pueda calificar de pesimista parece inevitable caer en la tentación de asociar nuestra grotesca realidad a la imagen que describe el párrafo con el que George Orwell terminó su mordaz novela “Rebelión de la Granja”:
“Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro.”




 
 
En medio de tantas agresiones, afortunadamente por ahora sólo verbales, la intensidad de los gritos sustituye a la profundidad de las ideas…y a la existencia misma de ideas.
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