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| REBELION EN LA GRANJA |
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Kirchner
De la impotencia a la omnipotencia
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| La diversidad de lo igual o la
identidad de lo diverso son las dos puntas entre
los que se debate la concepción ideológica del actual
Presidente. Junta desde piqueteros con discursos
contestatarios hasta confesos peronistas ortodoxos
con el magnetismo del superávit fiscal. |
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| Alfredo Blanco - Especial para
LA MAÑANA |
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Impotencia probablemente sea la
palabra que mejor definía la situación
de Kirchner en su intento por llegar a la presidencia
de la Nación antes de lograr el padrinazgo
político de Duhalde. El apoyo de éste,
que controlaba el aparato del PJ bonaerense, y la
ingeniería implementada para
evitar que en una interna surgiera Menem como candidato
peronista, le abrieron el camino hacia la Casa Rosada
al hasta entonces ignoto gobernador de una provincia
de menos de 200 mil habitantes
Con los votos prestados por el duhaldismo,
y sospechado de ser sólo un títere,
sus actitudes tendientes a construir poder político
propio aparecían muy justificadas. Además
en el peronismo, nacido como fuerza política
al calor del Estado, era razonable esperar que quien
ejercía el Gobierno nacional intentaría
su control absoluto y hegemónico. Para lograrlo,
el proyecto kirchnerista no ha mostrado
tener demasiados escrúpulos, ni ideológicos
ni morales.
Desde piqueteros con discursos contestatarios para
con el sistema hasta peronistas ortodoxos que daban
la vida por Duhalde (obviamente en el mismo sentido
figurado que antes la daban por Perón), han
declarado su adhesión a Kirchner seducidos
por el irresistible atractivo que a su personalidad
le otorga el superávit fiscal. La Tesorería
de la Nación se convierte una vez más
en el argumento más eficaz para aglutinar
voluntades de cara a un proceso electoral.
Desde la tribuna, aunque la ley establece que aún
no puede haber campaña, el Presidente arenga
a sus seguidores diciendo: Estamos construyendo
una nueva Argentina, o No lograrán
los nostálgicos del pasado que volvamos al
fracaso. En un acto de curiosa complicidad
nadie parece advertir que sus nuevos aliados contribuyeron
significativamente a construir la vieja
Argentina y que, aunque nieguen la nostalgia, no
pueden negar el pasado. Durante catorce de los casi
veinte años de democracia transcurridos desde
1983 el país fue gobernado por el justicialismo
en el que tan entusiastamente forjó sus convicciones
y militó desde joven el actual presidente
de la Nación.
La práctica de acumular poder desde el poder,
haciendo uso de recursos económicos no es
sólo una cuestión ligada a la conducta
de los dirigentes. La demagogia, que es capaz de
reducir al ciudadano a la condición de cliente,
necesita una sociedad dispuesta a aceptar tales
experiencias. Por supuesto que las condiciones de
necesidad económica facilitan el éxito
de esas prácticas políticas y la situación
de creciente exclusión social de Argentina
retroalimenta extraordinariamente sus posibilidades.
Con financiamiento garantizado, kirchneristas
de paladar negro, duhaldistas reciclados,
menemistas con amnesia, radicales
travestidos, piqueteros con fueros y sin ellos,
transversales (si es que ello define algo), setentistas
envejecidos, impugnadores varios (ya asimilados)
del sistema y autodefinidos progresistas
forman parte, entre otros, de la base del proyecto
de Kirchner. Proyecto que no es otro que el tránsito
desde impotencia desde la que partió hacia
la omnipotencia a la que pretende acceder.
La falta de unidad ideológica de la nueva
política, lejos de significar una debilidad,
es una fortaleza electoral que le permite acumular
cuantitativamente en un amplio espectro; aunque
deban disimularse las quejas de algunos que ven
cómo sus adversarios de ayer son sus socios
de hoy, sin haber cambiado su manera de pensar.
En eso no caben dudas sobre la matriz peronista
del intento.
Perón fue capaz de aglutinar a fascistas
confesos con marxistas criollos o a conservadores
recalcitrantes con admiradores del Che Guevara.
Ese resultado no fue solamente consecuencia de su
indiscutible talento político y de conducción,
sino también porque la amplitud ideológica
del movimiento que fundó fue tan vasta como
exiguas fueron sus convicciones democráticas.
Al enemigo ni justicia puede transformarse
en una forma de no tenerlos.
En la actualidad, con una oposición política
fuertemente fragmentada, desorientada y prácticamente
ignorada por el conjunto de la ciudadanía,
la batalla por el poder ha pasado a ser la batalla
dentro del campo político del peronismo.
El requisito para poder unir expresiones tan diversas
como las que cobija el kirchnerismo
es presentar siempre un enemigo que, aunque pueda
ser difuso, concentre las energías del campo
propio. El Fondo Monetario en algún momento,
la vieja política en otro o la
mafia duhaldista hoy, son los enemigos
que permiten superar las profundas diferencias que
tienen quienes habitan ese espacio. En rigor no
es necesario ni siquiera que el enemigo sea real,
sólo es necesario hacer que se perciba como
tal.
El clientelismo, la compra de dirigentes
y la demagogia para los dirigidos pasan a ser instrumentos
esenciales de este proceso. No debe esperarse un
debate serio en esta campaña (¿alguna
vez lo hubo?), no se discute de proyectos para la
Nación, se confronta sin ideas, sólo
con palabras. Los altisonantes discursos carecen
de pensamientos, y se verifica una vez más
la exactitud de la definición de Abraham
Lincoln cuando sentenció que: La demagogia
es la capacidad de vestir las ideas menores con
palabras mayores.
El escenario económico parece ayudar al Presidente
para buscar mayores dosis de poder, no sólo
por la holgura fiscal que permite atender
demandas sino porque la crisis del 2001 aún
está presente. Los argentinos legítimamente
esperan no volver a transitar momentos como aquellos
y, por consiguiente, parecen dispuestos a acompañar
al Presidente, aunque la pelea de caudillos
la consideren negativa y ya los haya cansado.
Es por ello que este año es tan importante
para el Gobierno nacional, y las elecciones de octubre
son una prueba para legitimar su mandato, ahora
con votos propios. La renovación
de un tercio del Senado y de la mitad de la Cámara
de Diputados de la Nación será un
claro indicador del nivel de apoyo con que cuenta
el Presidente. Sin embargo, la apuesta fuerte de
convocar a plebiscitar la gestión
puede tener algunos tropiezos, aunque hoy parezca
temerario afirmarlo.
En la historia argentina las elecciones legislativas
a mitad de mandatos presidenciales siempre han sido
favorables al gobierno (con excepción de
las de 1997 y de 2001) pero en este caso se dará
la particularidad de que parte de la base con que
llegó Kirchner a la presidencia será
su enemigo en el principal distrito
electoral del país.
Los esfuerzos por instalarse en el conurbano tienen
entonces una clara explicación cuantitativa,
por el porcentaje de electores que allí viven,
y parece que a la hora de obtener votos no hay prejuicios
para aplicar las tácticas duhaldistas
de la vieja política.
Si en las elecciones de octubre se reflejará
la presencia (significativa) de una oposición
no peronista al gobierno, probablemente
el Congreso Nacional podría recuperar un
rol importante que hoy no tiene. Una oposición
responsable, que se ejerza constructivamente, no
sólo aportaría un mayor equilibrio
institucional sino que permitiría pensar
en verdaderas políticas de estado para una
etapa tan compleja como la que atraviesa el país.
Si el escenario termina siendo simplemente la disputa
encarnizada por el control político dentro
del peronismo, sea cual sea el resultado, el futuro
puede no ser saludable para Argentina. El avance
de un partido que abarca gobierno y oposición
terminará afectando no sólo a la calidad
institucional sino a la democracia misma. Una (improbable)
derrota del Presidente a manos de Duhalde generaría
un nivel de inestabilidad y confrontación
de resultados impredecibles.
Un triunfo arrasador de Kirchner no parece tampoco
una hipótesis muy factible. Aunque el Presidente
gane en Buenos Aires, que ya es casi como ganar
en todo el país, el duhaldismo
aparecerá como una oposición significativa
y, no obstante lo compleja que va a ser la lectura
de los resultados por las alianzas cruzadas en distintas
provincias, el Gobierno deberá apelar a muchos
recursos mediáticos para presentarlo como
un plebiscito ganado.
Que Kirchner no surja como vencedor absoluto de
las elecciones de octubre puede ser saludable, porque
la pregunta relevante es ¿cuál es
el rédito que tiene para Argentina este enfrentamiento
de caudillos?
Si se acepta el razonamiento de que el aparato del
PJ bonaerense es una organización mafiosa,
un triunfo de Kirchner ¿no sería la
sucesión de Vito a Michael Corleone del libreto
de Coppola que recordó recientemente la señora
del Presidente?
No es saludable desde ningún punto de vista
que la sociedad argentina acepte que los debates
sean meros actos de ataque y descalificación
entre los principales protagonistas. En medio de
tantas agresiones, afortunadamente por ahora sólo
verbales, la intensidad de los gritos sustituye
a la profundidad de las ideas
y a la existencia
misma de ideas.
La campaña se transforma entonces en una
sucesión de ruidos que impiden la comprensión;
pero esto es algo deliberado porque finalmente los
contendientes son en esencia lo mismo aunque traten
de negarlo.
Aunque se pueda calificar de pesimista parece inevitable
caer en la tentación de asociar nuestra grotesca
realidad a la imagen que describe el párrafo
con el que George Orwell terminó su mordaz
novela Rebelión de la Granja:
Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas
iguales. No había duda de la transformación
ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales
asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre,
y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo
al hombre; pero ya era imposible distinguir quién
era uno y quién era otro. |
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| En medio de tantas agresiones,
afortunadamente por ahora sólo verbales, la intensidad
de los gritos sustituye a la profundidad de las
ideas…y a la existencia misma de ideas. |
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