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Cuando Adam Smith publicó, en 1776, su
Investigación sobre la naturaleza
y causa de la riqueza de las naciones estableció
las bases definitivas de la economía como
disciplina autónoma con pretensiones de
conocimiento científico. Esta obra fue,
en este sentido fundacional, equivalente a lo
que significaron los Principia de
Newton (1687) para la física; pero además
de ello el libro de Smith constituyó el
primer alegato sólido a favor del liberalismo
económico.
Su afirmación de que las fuerzas del mercado
actuaban como una mano invisible se
transformó en la más clara síntesis
de la confianza en los mecanismos de ajuste automático
de la economía capitalista. El laissez-faire
(dejad hacer), que los fisiócratas
franceses habían postulado a mediados del
siglo XVIII, encontró así a un defensor
riguroso.
Smith no fue un teórico que a partir de
la economía arribó a sus convicciones
liberales; él fue un filósofo liberal
(influenciado por la Escuela Escocesa de Hutcheson)
que estaba convencido de la existencia de un plan
divino y de que la forma de lograr los mejores
resultados era no vulnerar esa voluntad superior
con intervenciones (normas y regulaciones) humanas.
Aunque la posterior evolución del pensamiento
económico significó cambios y desarrollos
teóricos importantes (en particular, en
las tres últimas décadas del siglo
XIX se produjo la denominada Revolución
Marginal) los principios del liberalismo
económico se mantuvieron como el conjunto
de ideas dominantes de la disciplina hasta la
aparición de la Teoría general
de la Ocupación, el Interés y el
Dinero, de John Maynard Keynes, el más
grande economista del siglo XX.
Hace setenta años, el 4 de febrero de 1936,
fue publicada esa obra que demolió la afirmación
liberal de que el sistema económico ajustaba
automáticamente al nivel de pleno empleo.
La crisis mundial, que se desencadenó el
jueves negro de octubre de 1929, ya
había mostrado que algo fallaba en el paradigma
del que los economistas disponían para
explicar la realidad. La receta liberal y la teoría
económica que la sustentaba se derrumbaron
frente a las interminables filas de desocupados
en casi todos los países del mundo.
Aquel 4 de febrero, Keynes, formado en la más
pura tradición neoclásica de Cambridge,
presentó el libro con el que nacía
una nueva estructura analítica de la economía.
Una fuerte intervención del Estado en las
actividades económicas, y el uso de instrumentos
monetarios y fiscales para alentar el pleno empleo
reemplazaron a las recomendaciones del laissez-faire.
La Revolución Keynesiana se difundió
rápidamente y tuvo su apogeo en el período
posterior a la Segunda Guerra Mundial. El notable
crecimiento de la economía de ese período,
en que la intervención del Estado fue en
rápido aumento, contribuyó a acentuar
el prestigio de las nuevas ideas.
Fue la época de oro de los economistas,
que parecían contar con los instrumentos
teóricos que permitían no solamente
evitar o morigerar las crisis económicas
cíclicas, sino también garantizar
el crecimiento económico sostenido.
El aumento de la calidad de vida en los países
más avanzados, el desarrollo de sistemas
de protección social y de salud a cargo
del Estado y la consolidación del llamado
Estado del Bienestar, hicieron olvidar
rápidamente las viejas prescripciones de
no intervención que durante más
de un siglo y medio había postulado el
liberalismo. Ello ocurrió obviamente en
los países más desarrollados, en
el Tercer Mundo los problemas económicos
parecían ser tan severos que su superación
aparecía como más compleja y con
frecuencia se intentaba construir alternativas
de política económica, que en general
no dieron los resultados esperados.
Como para demostrar una vez más que las
verdades científicas son provisionales
para siempre, al keynesianismo también
le llegó su crisis y la revolución
neoliberal (¿o la restauración
neoliberal?) transformó al término
keynesiano en poco menos que un agravio.
A fines de los años ochenta parecía
que nadie estaba en condiciones de defender a
Keynes de las críticas a que fue sometido.
No solamente sus recomendaciones perdieron popularidad
sino que su marco teórico fue desacreditado
y abandonado.
El nuevo paradigma neoliberal ocuparía
su lugar en línea con la llegada al poder
de las ideas conservadoras de Thatcher en Inglaterra
y de Reagan en Estados Unidos y hoy, aunque esa
visión enfrenta un progresivo desprestigio,
es una tarea muy difícil reconocer el mensaje
de Keynes entre los escombros a los que fue reducido
por críticos, comentaristas y aun por autodefinidos
keynesianos que trataron de compatibilizarlo con
aquellas ideas que Keynes negaba.
En la Argentina de los noventa, el triunfo de
las ideas liberales fue tan absoluto que definirse
como keynesiano (además de las evidentes
dificultades para precisar el significado del
vocablo) era visto por muchos conservadores como
una posición no sólo cuestionable
y equivocada, sino hasta ideológicamente
peligrosa.
Como la economía no es independiente del
contexto político, y por los pendulares
cambios que parecen caracterizar a nuestra sociedad,
en la Argentina hoy se escucha criticar las ideas
neoliberales con la misma intensidad con que se
hacía su apología hace tan solo
una década. Hay quienes afirman que Kirchner
es un keynesiano, con lo que se supone
que se lo ubica entre los probos, apelando para
tal clasificación a que su gobierno es
intervencionista.
En rigor de verdad, ser intervencionista no es
sinónimo de ser keynesiano, y mucho menos
lo es ignorar la naturaleza y perversidad de la
inflación (como parece ocurrir con el gobierno).
En el capítulo 6 de Las consecuencias
económicas de la paz (1919) Keynes
afirma: Los especuladores son una consecuencia
y no una causa de los precios altos y luego
agrega: Lenín tenía, ciertamente,
razón. No hay medio más sutil ni
más seguro de trastornar las bases de la
sociedad, que envilecer el valor de la moneda.
Es probable que las coincidencias entre el economista
inglés y el presidente argentino no vayan
mucho más allá de la primera letra
de sus apellidos. De todas formas, en el setenta
aniversario de la publicación de la Teoría
General..., un buen homenaje a Keynes sería
que muchos que critican o adhieren a sus ideas
se tomaran un tiempo para leerlas.
Aunque se haya difundido el prejuicio de que es
un texto difícil, vale la pena recordar
lo que el autor escribió en el último
párrafo del prefacio: La dificultad
reside no en la ideas nuevas, sino en rehuir de
las viejas que entran rondando hasta el último
pliegue del entendimiento de quienes se han educado
en ellas....
(*) Profesor de Historia del
Pensamiento y Análisis Económico.
Departamento de Economía y Finanzas. Facultad
de Ciencias Económicas.
Universidad Nacional de Córdoba.
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