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Lun : 20 Feb : 2006
 
 
 
   
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LA EVOLUCION DEL PENSAMIENTO ECONOMICO
A 70 años de la “Teoría General” de Keynes
El 4 de febrero de 1936, se publicó el libro que demolió la afirmación liberal de que el sistema económico ajustaba automáticamente. Un buen homenaje a su autor, John Maynard Keynes, sería que muchos que critican o adhieren a sus ideas se tomaran un tiempo para leerlas.
Alfredo Blanco (*) / Especial para LA MAÑANA

Cuando Adam Smith publicó, en 1776, su “Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones” estableció las bases definitivas de la economía como disciplina autónoma con pretensiones de conocimiento científico. Esta obra fue, en este sentido fundacional, equivalente a lo que significaron los “Principia” de Newton (1687) para la física; pero además de ello el libro de Smith constituyó el primer alegato sólido a favor del liberalismo económico.
Su afirmación de que las fuerzas del mercado actuaban como “una mano invisible” se transformó en la más clara síntesis de la confianza en los mecanismos de ajuste automático de la economía capitalista. El “laissez-faire” (“dejad hacer”), que los fisiócratas franceses habían postulado a mediados del siglo XVIII, encontró así a un defensor riguroso.
Smith no fue un teórico que a partir de la economía arribó a sus convicciones liberales; él fue un filósofo liberal (influenciado por la Escuela Escocesa de Hutcheson) que estaba convencido de la existencia de un plan divino y de que la forma de lograr los mejores resultados era no vulnerar esa voluntad superior con intervenciones (normas y regulaciones) humanas.
Aunque la posterior evolución del pensamiento económico significó cambios y desarrollos teóricos importantes (en particular, en las tres últimas décadas del siglo XIX se produjo la denominada “Revolución Marginal”) los principios del liberalismo económico se mantuvieron como el conjunto de ideas dominantes de la disciplina hasta la aparición de la “Teoría general de la Ocupación, el Interés y el Dinero”, de John Maynard Keynes, el más grande economista del siglo XX.
Hace setenta años, el 4 de febrero de 1936, fue publicada esa obra que demolió la afirmación liberal de que el sistema económico ajustaba automáticamente al nivel de pleno empleo.
La crisis mundial, que se desencadenó el “jueves negro” de octubre de 1929, ya había mostrado que algo fallaba en el paradigma del que los economistas disponían para explicar la realidad. La receta liberal y la teoría económica que la sustentaba se derrumbaron frente a las interminables filas de desocupados en casi todos los países del mundo.
Aquel 4 de febrero, Keynes, formado en la más pura tradición neoclásica de Cambridge, presentó el libro con el que nacía una nueva estructura analítica de la economía.
Una fuerte intervención del Estado en las actividades económicas, y el uso de instrumentos monetarios y fiscales para alentar el pleno empleo reemplazaron a las recomendaciones del “laissez-faire”. La Revolución Keynesiana se difundió rápidamente y tuvo su apogeo en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial. El notable crecimiento de la economía de ese período, en que la intervención del Estado fue en rápido aumento, contribuyó a acentuar el prestigio de las “nuevas ideas”. Fue la época de oro de los economistas, que parecían contar con los instrumentos teóricos que permitían no solamente evitar o morigerar las crisis económicas cíclicas, sino también garantizar el crecimiento económico sostenido.
El aumento de la calidad de vida en los países más avanzados, el desarrollo de sistemas de protección social y de salud a cargo del Estado y la consolidación del llamado “Estado del Bienestar”, hicieron olvidar rápidamente las viejas prescripciones de no intervención que durante más de un siglo y medio había postulado el liberalismo. Ello ocurrió obviamente en los países más desarrollados, en el Tercer Mundo los problemas económicos parecían ser tan severos que su superación aparecía como más compleja y con frecuencia se intentaba construir alternativas de política económica, que en general no dieron los resultados esperados.
Como para demostrar una vez más que las “verdades” científicas son “provisionales para siempre”, al keynesianismo también le llegó su crisis y la “revolución neoliberal” (¿o la “restauración” neoliberal?) transformó al término “keynesiano” en poco menos que un agravio.
A fines de los años ochenta parecía que nadie estaba en condiciones de defender a Keynes de las críticas a que fue sometido. No solamente sus recomendaciones perdieron popularidad sino que su marco teórico fue desacreditado y abandonado.
El nuevo paradigma neoliberal ocuparía su lugar en línea con la llegada al poder de las ideas conservadoras de Thatcher en Inglaterra y de Reagan en Estados Unidos y hoy, aunque esa visión enfrenta un progresivo desprestigio, es una tarea muy difícil reconocer el mensaje de Keynes entre los escombros a los que fue reducido por críticos, comentaristas y aun por autodefinidos keynesianos que trataron de compatibilizarlo con aquellas ideas que Keynes negaba.
En la Argentina de los noventa, el triunfo de las ideas liberales fue tan absoluto que definirse como keynesiano (además de las evidentes dificultades para precisar el significado del vocablo) era visto por muchos conservadores como una posición no sólo cuestionable y equivocada, sino hasta ideológicamente peligrosa.
Como la economía no es independiente del contexto político, y por los pendulares cambios que parecen caracterizar a nuestra sociedad, en la Argentina hoy se escucha criticar las ideas neoliberales con la misma intensidad con que se hacía su apología hace tan solo una década. Hay quienes afirman que Kirchner es un “keynesiano”, con lo que se supone que se lo ubica entre los probos, apelando para tal clasificación a que su gobierno es “intervencionista”.
En rigor de verdad, ser intervencionista no es sinónimo de ser keynesiano, y mucho menos lo es ignorar la naturaleza y perversidad de la inflación (como parece ocurrir con el gobierno). En el capítulo 6 de “Las consecuencias económicas de la paz” (1919) Keynes afirma: “Los especuladores son una consecuencia y no una causa de los precios altos” y luego agrega: “Lenín tenía, ciertamente, razón. No hay medio más sutil ni más seguro de trastornar las bases de la sociedad, que envilecer el valor de la moneda”.
Es probable que las coincidencias entre el economista inglés y el presidente argentino no vayan mucho más allá de la primera letra de sus apellidos. De todas formas, en el setenta aniversario de la publicación de la “Teoría General...”, un buen homenaje a Keynes sería que muchos que critican o adhieren a sus ideas se tomaran un tiempo para leerlas.
Aunque se haya difundido el prejuicio de que es un texto difícil, vale la pena recordar lo que el autor escribió en el último párrafo del prefacio: “La dificultad reside no en la ideas nuevas, sino en rehuir de las viejas que entran rondando hasta el último pliegue del entendimiento de quienes se han educado en ellas...”.

(*) Profesor de Historia del Pensamiento y Análisis Económico.
Departamento de Economía y Finanzas. Facultad de Ciencias Económicas.
Universidad Nacional de Córdoba.





 
 
John Maynard Keynes dio origen a una nueva estructura analítica de la economía.
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