Cosa peligrosa la insulina. O, al menos, algunos efectos imprevistos que puede causar en la gente.
Hace algunos meses, la esposa del gobernador del Chaco, Jorge Capitanich, tuvo la desgracia de sufrir un ataque de la droga curativa que corrige las falencias del páncreas. Y, para colmo, el embate insulínico ocurrió al momento de que ella intentaba estacionar su vehículo de gran porte en la playa de la Gobernación. El resultado fue espantoso: varios vehículos destruidos y una pared dañada.
Al poco tiempo, al asumir su banca como diputada, pudimos presenciar por televisión un discurso de Sandra Mendoza. Sus gestos, sus tonos y palabras nos hicieron pensar que quizá las secuelas de la insulina le sobrevivieron más tiempo del deseable, lo cual redobla nuestra prevención contra una administración indiscriminada de esa hormona tan valiosa.
Ahora, en Córdoba, hemos tenido también lo nuestro. Un señor apellidado Ebeling ha realizado propuestas extravagantes, ofensivas y criminales, además de discriminatorias, contra los homosexuales. Fue en la red social Facebook, específicamente en un foro de debate publicado en el espacio de la edición on line de La Voz del Interior dentro de esa red (recordemos que ese medio censuró la opinión de los usuarios por la Ley de Medios para evitar agravios). A raíz de un caso ocurrido en Irán, manifestó que “a los gays hay que ahorcarlos… sin asco”. Luego, como no se bancó defender con uñas y dientes sus dichos, los atribuyó a un brote insulínico, un argumento que pareciera no estar a tono con la energía, la gallardía y el énfasis que puso en sus afirmaciones anteriores, que también se extendieron a una reivindicación de Hitler y otras lindezas.
Por supuesto que pensamos que el estrafalario opinador debería ser más prudente en sus dichos. Debería pensar, por ejemplo, que resulta audaz decir “de esa agua no he de beber”. La exhibición de tanta virilidad puesta en la condena de otras conductas sexuales, siempre es sospechosa por aquello de “dime de qué alardeas y te diré de qué careces”. Viene al caso recordar también que, en un ensayo sobre Sarmiento, Ernesto Sábato afirmaba que el énfasis que ponía el sanjuanino en la condena a Facundo Quiroga, no era más que un reflejo de una batalla que se daba en el corazón de Sarmiento entre su espíritu civilizador y su temperamento bárbaro. Sofocar la barbarie que pugnaba por aflorar, generaba tanta violencia en sus ataques a ella. Se trata de un mecanismo psicológico conocido.
Pero volvamos a la insulina como pretexto o explicación acerca de actitudes destempladas o dichos extravagantes. Esto nos hace pensar que alguna gente del poder podría apelar al “brote insulínico” para explicar sus discursos y también sus actos de gobierno, en muchos casos.
Por otra parte, muchos abogados penalistas ya deberían ponerse a estudiar el tema para ver si pueden utilizarlo como atenuante en algunos de sus casos.
Más aún: vislumbramos que se abre una nueva perspectiva para que los historiadores profesionales buceen en la historia nacional y universal para reformular algunos hechos históricos decisivos a la luz del “brote insulínico”.
Como en tantos casos, la manzana sobre la cabeza de Newton es uno de ellos, las rupturas epistemológicas aparecen donde uno menos las espera.