Aunque desde 1994 tiene un 50% más de miembros, el voto de cada uno de los integrantes del Senado no parece haberse devaluado. Es que con un total de 72 a razón de tres por cada distrito electoral (23 provincias más la Capital Federal), hacen que el voto de cada senador cobre un valor inusitado en algunas ocasiones. Y más aún con la actual paridad de fuerzas entre gobierno y oposición.
En el Senado, cada voto vale oro. O casi.
Alfonsín lo supo casi al asumir, cuando un neuquino le infligió una sonora y temprana derrota en un proyecto de ley con el que se pretendía democratizar el sindicalismo, pergeñado por su ministro de trabajo, Antonio Mucci. El voto de Elías Sapag hizo fracasar el intento radical.
Incluso durante el gobierno de Carlos Menem, que tenía amplia mayoría en el cuerpo, Domingo Cavallo se quejaba sobre el alto precio en que se cotizaba el voto de cada senador, en moneda de obras para su provincia, cuanto menos.
Durante el breve gobierno de De la Rúa, ya sabemos, el escándalo de las Banelco en el Senado fue el comienzo del fin del gobierno pues desencadenó la renuncia del vicepresidente Carlos Alvarez y generó una situación de precariedad que terminó por derrumbar la convertibilidad y el gobierno.
Luego, tuvimos también el voto de desempate de Julio Cobos, un pasaporte directo a la fama del vicepresidente.
Y ahora, nuevamente hay rumores acerca de que los senadores son persuadidos para cambiar sus posiciones políticas, muchas de ellas comprometidas en sus campañas electorales, bajo el influjo irresistible de una poderosa arma ante la cual sucumben todas las ideologías: el dinero, las ventajas económicas. La famosa frase de Sarmiento acerca de que las ideas no se matan, parece carecer ya de sentido. Es probable que no se maten pero pueden comprarse.
Son varios los políticos que han denunciado al oficialismo por haber convencido, de este singular modo, a algunos senadores para que abandonen sus ideas originarias y adopten otras distintas, si no contrarias.
Si esto fuera cierto (y no es descabellado pensar que lo sea), entonces pierden sentido las votaciones, los partidos políticos, los bloques, los debates, las posiciones políticas, las ideologías. Todo. Incluso los órganos deliberativos.
Si cada voto puede comprarse, estamos en el horno.
Claro que una situación tan poco decorosa no puede hacernos obviar algunas hipocresías con las que algunos políticos intentan capitalizar esta genuina preocupación. Hablamos del senador Luis Juez. Como cada vez que amenaza estallar algún escándalo, esta vez también se anotó para pontificar. ¿Qué dijo? Más o menos lo de siempre. Esta vez con estas palabras: “Hay senadores que siempre tienen un pretexto para coincidir con el oficialismo”.
La pregunta que se nos viene a la cabeza es obvia: ¿Y por casa cómo andamos, senador? Porque si alguien cambió su voto en un tema sensible, como lo es el matrimonio homosexual, ha sido Luis Juez. Y lo ha hecho para coincidir con el oficialismo. Es decir, en la campaña dijo que no votaría semejante proyecto. Y luego lo votó, estafando a quienes lo eligieron. Pero, además, ese cambio de voto lo llevó a coincidir con el oficialismo, algo que él ahora condena.
En fin… ya que hablamos de plata, podríamos decir que algunos senadores, al igual que el billete de 100 pesos, tienen la cara de Roca.