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Viernes 14 de Marzo de 2008  
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Espectáculos
Bob Dylan se despachó con una lección de rock anoche en el Orfeo
Ante un público escaso pero ruidoso, el cantautor estadounidense desplegó durante dos horas las canciones de su repertorio clásico y moderno, aunque en versiones casi irreconocibles. Sobre el final, emocionó con himnos como «Like A Rolling Stone» y «Blowin’ In The Wind».

Raúl Ortiz
rortiz@lmcordoba.com.ar

En segundo año de la escuela secundaria, la profe de música nos pasó unos apuntes sobre la historia del rock. Básicamente, el texto hablaba sobre cómo Elvis se había encargado de sintetizar el rythm and blues con el country. Y sobre cómo Bob Dylan había tomado las banderas contestatarias de la generación beat para rejuvenecer la experiencia artístico-social de los folksingers.

Durante ese mismo año, Elvis Presley murió sepultado por su propia fama. Y la profe de música falleció en un accidente automovilístico. Me quedaron los apuntes, que todavía conservo. Y Bob Dylan.

Anoche,a las 20.45, cuando se apagaron las luces del Orfeo, aquella historia tuvo su corolario. Los spots del escenario concentraron toda su luminosidad sobre Bob Dylan. Y él se ocupó de quemar todos mis apuntes. A falta de Elvis, fue Dylan quien repasó las distintas variantes de ritmos afines al rocanrol. Hubo country, blues y rockabilly, entre otras cosas, a lo largo de dos horas que difícilmente se resignen a convertirse en un mero recuerdo.


La banda

Hasta la banda que acompañó al legendario cantautor estadounidense se plegó al fervor rockero, mediante dosis de virtuosismo y pifies en cantidades equilibradas. Denny Freeman provocó constantemente al auditorio con sus intervenciones, hasta cortar una cuerda de su guitarra. Tony Garnier alternó bajo y contrabajo de acuerdo a los requerimientos de cada canción. George G. Receli no pareció tan confiable al comando de la batería, pero el multiinstrumentista Donnie Herron suplió esa carencia asumiendo desde el violín hasta el teclado. De la variación rítimica se encargó Stu Kimball pulsando la otra guitarra.

Y al frente, bien al frente, con su humaninad de 66 años , Bob Dylan. Bob Dylan revisitando \\\"Highway 61 Revisited\\\" y trabajando «Workingman´s blues 2». Durante toda la noche, el músico que inspiró a varias generaciones se ocupó de sacudir el polvo depositado sobre sus temas clásicos. Las nuevas versiones se trababan en lucha con las originales hasta extirparles cualquier posibilidad de pasar por vetustas.

Y para cantarlas (por decirlo de alguna manera), extrajo de su garganta una voz cavernosa, a mitad de camino dentre Joanquín Sabina y Tom Waits.

Al material más reciente, en cambio, Dylan lo hizo sonar como si fueran himnos de su repertorio. Y los entonó con aquel tono gangoso que caracterizó a su vocalización en la época en que los Beatles iban a visitarlo como si fuese el gurú Maharishi. Con un entusiasmo propio de alguien que disfruta de su trabajo, se calzó la guitarra y aporreó el teclado, a veces sonriente, por momentos desplazando sus piernas en algo así como pasos de baile.


Like A Rolling Stone

Sobre el final de la primera parte del show, se produjo uno de los momentos claves. «Once upon a time you dressed so fine» (Había una vez en que te vestías tan bien), arrancó el maestro, y la gente reconoció la primera estrofa de «Like A Rolling Stone» detrás de esos arreglos extraños.

Recién ahí los miles de espectadores se animaron a soltarse, a perderle el respeto al maestro y desatar su alegría por un encuentro tantas veces soñado. Muchos, seguramente, no podían creer lo que estaba ocurriendo. Muchos, probablemente, se estremecieron de recuerdos ante esa canción que pinta como pocas al espíritu de los años sesenta
«When you got nothing, you got nothing to lose» (Cuando no tenés nada, no tenés nada que perder), sentenció Bob Dylan por enésima vez, autor de la frase que alaba y cuestiona al mismo tiempo aquella manera hippie de enfrentar la vida.

Pero claro, la gente (escasa aunque ruidosa) no se conformó con la hora y media transcurrida hasta ese momento. Y el regreso de los artistas al escenario no se hizo esperar demasiado.Hubo más, mucho más rock and roll, nadie pudo permanecer quieto en su butaca.

Dylan renovó su fe en el rock, más de cuarenta años después de que fuera acusado de traidor por haber cambiado de género. Al verlo y escucharlo en escena, no caben dudas sobre lo acertada que fue aquella decisión suya.


En paz

Y sí. Sobre el final llegó «Blowin’ In The Wind», su primer gran éxito a nivel mundial, como para que todos se retirasen en paz. Casi irreconocible en un marco rítmico blusero, esa composición iniciática fue abordada por Dylan desde su tono de voz más aspero.

«How many roads must a man walk down before you call him a man?» (¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre antes de que lo llames hombre?), se preguntó el incinerador de apuntes. Es una pregunta que va rumbo a los 50 años, pero que nunca envejecerá. Como no perderá vigencia jamás la música que nació eternamente joven.

Sobre el final, Dylan agradeció los aplausos con sus músicos rodeándolo al borde del escenario. Y se fue. Pero no. No hay forma de que se vaya. Porque así como La Vieja Usina todavía baila al ritmo que alguna vez le marcó James Brown, no habrá forma de acallar los ecos de la lección de rock que brindó Bob Dylan en el Orfeo.

Ya sin Elvis. Ya sin la profe de música. Ya sin apuntes. Bob Dylan apretó el timbre y nos enseñó que hay recreos que enseñan más que cualquier clase.





Con sus 66 años, Dylan se plantó a lo largo de todo su show al frente de una auténtica banda de rocanrol.


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