Nunca la tragedia griega pareció estar tan presente en nuestra cotidianidad como el viernes pasado por la noche, cuando una vez más (después de meses en cartelera) subió a escena nuevamente la obra dirigida por Daniela Martín, versión libre de Agamenón, de Esquilo, e interpretada por Analía Juan, Maura Sajeva y Mauro Alegret.
Hace algunos días, Griselda Gambaro señaló que el misterio del teatro es nada más ni nada menos que lograr que personajes comunes puedan expresar con lenguaje artificial una realidad común para muchos. De eso se trata «Griegos». Un relato que combina, sin fisura alguna y de excelente manera, expresiones de miles de años atrás con un lenguaje actual, para mostrarnos, una vez más, las oscuridades humanas.
Tal como en la antigua Grecia, quienes fuimos a ver la obra, de antemano sabíamos de la historia que nos iban a contar. Y eso no sólo era por el bagaje cultural que uno puede tener, sino porque los tres personajes de la obra (Agamenón, Ifigenia y Cassandra) se encargaron de relatar cada una de sus versiones a los que estábamos presentes antes de que el show comience. Por eso el impacto no fue la tragedia en sí, sino la forma de narrarla.
Como ligados por un hilo inquebrantable, los planos trágicos y cómicos se enlazaban unos con otros de manera prodigiosa, utilizando todo tipo de elementos. Porque no sólo el público era parte de la escena, sino también todas y cada una de las cosas que integraban el lugar. Las ventanas, los pasillos, la vereda, la calle o el vecino que pasaba caminando. Todo se incluía en la historia haciendo de una leyenda conocida, una realidad compartida.
La soledad, el miedo, el abuso y el poder invadían a cada uno de los personajes, y ellos nos arrojaban sus más sufridas emociones desde la risa o las lágrimas, indistintamente. Allí cuando el espectador menos esperaba el latigazo de sufrimiento, ahí aparecía a flor de piel la tragedia. Pero uno no la esquivaba, sino que la enfrentaba con todo lo que tenía para decirnos.
Los quiebres anímicos en perfecta sintonía de cada personaje, la capacidad de atención constante por parte del espectador y la explosión de emociones comunes que se sintieron durante toda la obra, son las causas de las ovaciones que se escuchan al terminar cada función.
Y si bien el final de la historia muestra lo que pudo ser la antítesis total de la tragedia vertida durante una hora y media, las oscuridades siguieron latentes en nosotros para hacer una catarsis interna.
(M. F. V)