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Mar : 30 Mayo : 2006
 
 
 
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Los caminos del radicalismo
Miguel Angel Duarte (*)
El término “radicalismo”, según el Diccionario de Política, de Bobbio, Matteucci y Pasquino, refiere a “formaciones políticas de centroizquierda que tenían su base social y (… ) electoral entre las clases medias urbanas (y rurales), la intelectualidad burguesa ‘progresista’ y las burocracias estatales en expansión”.
Para definirlo señalamos dos perspectivas: 1) es un partido político, clásico, institucionalizado, herramienta electoral de clases medias y sectores populares: la Unión Cívica Radical; o bien, 2) es un movimiento político con una concepción popular de la vida, es la fuerza política orientadora que moviliza las luchas populares por transformaciones políticas y sociales fundamentales. La profesión de fe doctrinaria expresa: “Es la corriente histórica de la emancipación del pueblo argentino, de la auténtica realización de su vida plena en el cultivo de los bienes morales y en la profesión de los grandes ideales surgidos de su entraña...)”. En ella, partido y movimiento se conjugan dialécticamente, con distinta intensidad, expresando la Unión Cívica Radical y sus gobiernos personificados en Yrigoyen, Alvear, Illia, Alfonsín y De la Rúa.
Hoy es evidente la degradación política y moral, luego de la anémica y desdichada gestión de este último, que pone en contradicción ambas perspectivas; entonces UCR no implica necesariamente radicalismo y viceversa. El radicalismo concibe la política como construcción ética, es acción reparadora de la República y la identidad nacional, es lucha por derechos humanos y derechos sociales, por la ecología; es reivindicación de los desposeídos y ampliación de la democracia; es compromiso militante de educadores cívicos.

Por el éxito electoral

Pareciera que la UCR -como partido- reduce su expresión política a la vida institucional con procesos formalmente democráticos y débiles vínculos con movimientos populares en lucha por políticas de integración y equidad social. Ensordecido por la necesidad de reafirmarse como herramienta electoral “exitosa” (como gustan decir), sufre de manera particular la crisis de los partidos políticos, por la fragmentación y empobrecimiento de la base social que constituye su carta política natal: clase media y sectores populares, desplazados de la corriente principal de la sociedad.
En Córdoba, un estudio sociopolítico e historiográfico de los gobiernos radicales permitiría ver conexiones y tensiones en la combinación de estrategias partidarias y reivindicaciones populares. A tal fin, cabría diferenciar momentos históricos personificados por los gobernadores Loza, Borda, Sabattini, Del Castillo, Páez Molina, Angeloz, y Mestre.
Sin embargo, el predominio de enfoques que analizan la realidad política, exclusivamente desde la función electoral partidaria, en rigor conduce a debates políticamente inconsistentes donde lo arquitectónico es desplazado por lo agonal de las tácticas personales. Asimismo, se observa una constante preocupación por posicionamientos relativos de “candidateables”, resultados de encuestas, diseños de alianzas electorales, y alusiones permanentes a Kirchner, De la Sota y Juez, quienes ocupan la posición del rey en un tablero de ajedrez donde se piensan jugadas como alfiles o caballos que pretenden congraciarse con el poder “real” como reaseguro de subsistencia, antes que jugar una partida eligiendo fichas blancas. De ese modo la UCR corre el riesgo, además de alejarse de los movimientos populares, de cristalizar como partido de cohabitación con el neoperonismo kirchnerista en sus variantes locales.
¿Cuáles serían los caminos más acertados del radicalismo en Córdoba? ¿Podría conjugar, nuevamente, partido y movimiento para ser alternativa de poder? Las respuestas de laboratorio, aunque indicativas, no poseen la fuerza de la unidad partidaria estratégicamente orientada a realizar acciones con profundo contenido humano en concordancia con los reclamos ciudadanos por devolver sentido a la política.

Alternativas a la vista

En la dirigencia y en el imaginario colectivo, circulan hipótesis sobre los probables caminos de la UCR al 2007, veamos:
I) UCR aliada a De la Sota: a pesar de la cooptación de intendentes radicales por parte del gobierno provincial, esta alianza implicaría profundas contradicciones y disolución de la identidad radical.
II) UCR aliada a Juez: el tronco peronista identifica al Partido Nuevo, aunque los dirigentes “nuevos” -ex radicales- acechan en la UCR con su discurso dual y cierta seducción. Parecería probable, pero conllevaría fragmentación y atomización de la UCR.
III) UCR aliada a partidos de centroderecha
-Recrear, Pro, Primero la Gente, otros-: éstos promueven políticas neoliberales del reciclado Consenso de Washington, contrarias al Radicalismo como corriente de pensamiento y fuerza popular.
IV) UCR aliada a partidos de centroizquierda -ARI, MID, Socialismo, otros: resultaría coherente si lidera la UCR, permitiría conjugar partido y movimiento (más atenuado).
V) UCR aliada a partidos de centroizquierda y centroderecha -ARI, MID, Socialismo, Recrear, otros-: predominaría lo electoral con contenidos republicanos, resaltaría lo partidario perdiendo consistencia el aspecto movimientista popular.
VI) UCR con candidatos propios: acentuaría su identidad como partido y movimiento. Con listas renovadas de candidatos radicales y espacios abiertos a representaciones de movimientos sociales, culturales y productivos no cooptados por el oficialismo, construiría una base electoral genuina para impulsar un proyecto político desde una nueva posición.
Si la política continúa reducida a lucha por cargos sin delinear con claridad para qué se ocupan, en función de proyectos colectivos, la UCR vivirá esto como Acechanza y como Oportunidad. Acecha el fantasma de su desaparición si no alcanza el gobierno tanto como si los cargos a los que acceda continúan en manos de los mismos pocos de siempre. Tiene la oportunidad de orientar la lucha por ideales, devolver sentido a la política, imaginar una sociedad más justa, atender “al hombre como hombre, con dignidad, como ser sagrado”, y reencontrarse con la esencia del radicalismo. Eso lo transformaría en un partido diferente y legítimo. Es la oportunidad histórica que Córdoba y el país están necesitando.

(*) Vocal Titular de la Asociación Argentina de Derecho Político

 
 




 
 
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